ARRANCA una semana en la que nuestros hijos terminarán el curso escolar, comenzarán un largo periodo de vacaciones y empieza también para los padres una intensa tarea de convivir más con sus hijos, de meter imaginación para que las vacaciones no se conviertan en un simple periodo de ocio insulso.
Tal vez sea este un momento propicio para reflexionar sobre la educación que reciben nuestros hijos, aquellos que tendrán la responsabilidad en un futuro de mejorar la sociedad en la que vivimos. Un buen momento para pensar en nuestro modelo educativo y en los frutos del mismo, de profundizar en aspectos como la formación que reciben nuestros jóvenes, adolescentes y niños; de la madurez que alcanzan con sus estudios, de la capacidad emprendedora que adquieren o de su incorporación a esta sociedad que han de mejorar desde dentro. En definitiva un tiempo este para reconsiderar esta etapa de nuestros hijos, estos años irrepetibles de su formación, base y cimiento irrenunciable para su madurez personal y para la mejora social. Estamos ante una tarea de todos, ante un reto urgente que requiere esfuerzo, trabajo, estudio, constancia, ánimo y esperanza.
Desgraciadamente los datos no son nada alentadores, más del treinta por ciento de nuestros alumnos son víctimas del fracaso escolar, los expertos elevan su voz alertando de que los grandes males de nuestro sistema escolar siguen sin ser subsanados, lo cual entraña enormes riesgos para la sociedad. Se apuntan numerosos males del sistema educativo vigente, entre otros destacar la ausencia de meritocracia, es decir un sistema en el que los alumnos no se ven recompensados por su esfuerzo, sino que se rebaja el nivel para que puedan pasar de curso. Un sistema que fomenta la falta de disciplina, y ahí están las tristes estadísticas que revelan los datos referentes a que la violencia en las aulas aumentan cada año, con la particularidad de que además de los conflictos entre los propios alumnos, cada vez son más frecuentes las agresiones a los profesores, por desgracia toda la energía del docente se destina a intentar conseguir un mínimo ambiente de estudio en el aula. A todo lo anterior se suma las diferencias de nivel según en qué Comunidad Autónoma se realicen los estudios o que la educación sea un tema inmerso en la refriega política y lejana a la posibilidad de alcanzar un consenso sobre esta materia. Se ha generado un mal de fondo consistente en la incapacidad de los responsables públicos para pensar en una educación con visión de futuro, con el horizonte en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones.
Tendríamos que aspirar a conseguir un método que no esté basado simplemente en la educación «comprensiva» sino que sus pilares sean el rigor, el estudio a conciencia, la exigencia, el esfuerzo y la responsabilidad. Un sistema compatible con la atención personalizada y la equidad, que la rebaja de los niveles de exigencia no suponga el igualitarismo confundido con una igualdad social, el ser conscientes que los malos resultados académicos, que los fracasos escolares sólo se combaten con un mayor esfuerzo del alumno y un compromiso firme de padres y profesores. En definitiva habría que luchar entre todos por conseguir un modelo educativo que se base prioritaria y fundamentalmente en lograr sacar de cada alumno lo mejor de sí mismo. En esta tarea deberíamos de empeñarnos todos con cierta urgencia y seriedad pues es mucho lo que nos jugamos entre otras cosas nuestro futuro y el de nuestros hijos.