Domingo, 21-06-09
EL escalofriante testimonio que ayer ofreció la viuda de Eduardo Puelles al término de la multitudinaria manifestación de repulsa por el último asesinato de ETA demuestra que algo está cambiando a mejor en la respuesta social y política contra el terrorismo en el País Vasco. La valentía de su demoledor mensaje a los terroristas y la demostración de su coraje serán sin duda un revulsivo contra la cobardía de unos y el silencio cómplice de otros en una sociedad, la vasca, durante demasiado tiempo anestesiada por el nacionalismo y sojuzgada por ETA. Los criminales han aprovechado durante mucho tiempo la creencia generalizada de que su principal apoyo era el número de votos que obtenían Batasuna o sus franquicias, cuando en realidad la base que ha permitido a ETA sobrevivir a todos los golpes ha sido el silencio de la mayoría y la pasividad acomodaticia de quienes han propiciado la impunidad de los verdugos y los dividendos políticos que otros se cobraban a cuenta de la violencia. Sin embargo, las palabras desgarradoras de la viuda de Puelles están llamadas a ser un conmovedor estímulo para remover los cimientos de tantos y tantos silencios, de tanta equidistancia en la sociedad vasca cuando de implicarse activamente contra ETA se ha tratado en el pasado.
También el mensaje del lendakari, Patxi López, resultó al fin nítido. Pasó la época en que el PNV, al frente del Ejecutivo de Vitoria, practicaba la ambigüedad contra ETA. Esta vez nadie tiene dudas acerca de la postura del lendakari, y de ahí la capacidad de movilización reflejada en la manifestación para condenar el cruel asesinato de Puelles. Las escenas de unidad entre los demócratas fueron sinceras y sin dobles lenguajes, como se demostró también en el funeral presidido por los Príncipes de Asturias. Muchas organizaciones cívicas que antes -por razones éticas y lógicas- no se sumaban a las manifestaciones convocadas por el Ejecutivo nacionalista lo hacen ahora con la convicción de que se trata de un dolor sincero y compartido. El último crimen de ETA ha recibido así en toda España la respuesta firme y sin rodeos de toda la gente de bien, unida bajo los principios democráticos y al margen de cualquier oportunismo partidista. Es, por supuesto,un paso adelante que demuestra la realidad del cambio que supone el pacto PSE-PP, gracias al cual gobierna el primer lendakari no nacionalista.
Sin embargo, no basta con expresar sentimientos de repulsa, ni con proclamar la evidente superioridad moral del constitucionalismo frente a los asesinos. Nadie pone en duda que la dignidad de la persona está por encima del crimen organizado a través del tiro en la nuca o la bomba en el coche de un servidor del Estado. La respuesta de los ciudadanos incorpora en esta ocasión un llamamiento al Ejecutivo vasco -y, por supuesto, al Gobierno de España- para que se adopten todas las medidas jurídicas y políticas que sean precisas para acabar con ETA y sus secuaces. Lo ocurrido ayer en Bilbao fue mucho más que una sincera demostración de indignación y rabia. Incluso, mucho más que un grito en favor de la libertad amenazada o una reivindicación de los derechos más elementales. Fue un llamamiento unánime a derrotar a ETA para siempre, sin concesiones y abandonando cualquier tentación de recuperar demoledoras experiencias como la irresponsable negociación de la pasada legislatura.

