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El alcalde, del PNV, pugnó hasta el final para dejar la placa de un etarra en una plaza
La elección de Arrigorriaga por parte de los terroristas tiene una especial significación. No en vano, esta localidad es una de las «cuatro glorias patrias» que narra en su primer libro Sabino Arana. Un lugar simbólico para el nacionalismo donde, según las tesis delirantes de ETA y sus cómplices, no deberían vivir personas como el agente Puelles.
Feudo inquebrantable del PNV, Arrigorriaga linda con el barrio bilbaíno de La Peña. Pese al presunto «pedigrí» nacionalista de la zona, la realidad es que, como en el conjunto del País Vasco, existe una fuerte mezcla sociológica, con gentes de toda condición social y de toda ideología. Quizás por ello, ETA insiste en atentar allí para expulsar a los que no considera vascos, es decir, a los no nacionalistas. El atentado con bomba de anteayer es el segundo en Arrigorriaga en apenas 14 meses. El 30 de abril de 2008, el ataque fue contra el edificio del Ministerio de Trabajo en la localidad.
A ello hay que sumar otras dos víctimas mortales en la localidad y un rosario de atentados en el barrio vecino, como la bomba que hirió a siete ertzainas en un ataque contra la sede del PSE también en abril de 2008. Esa insistencia de los etarras y sus secuaces causa un profundo hartazgo en la gran mayoría de los vecinos. Tras el brutal asesinato, sus testimonios se centraban en criticar lo habitual de este tipo de ataques. Otros muchos destacaban ante las cámaras la integración y el buen hacer de Puelles. Y algunos se mordían la lengua, sabedores de que es peligroso censurar a ETA en un lugar donde varios centenares de vecinos simpatizan con la banda asesina.
¿Quién pasó la información sobre las rutinas de Puelles a los terroristas? ¿Quiénes fueron los «soplones»? Parece evidente que los «chivatos» serán algunos de los 571 «fieles» que el pasado 7 de junio introdujeron en las urnas la papeleta de Iniciativa Internacionalista. Los mismos sujetos que no fallan en ninguna de las concentraciones habituales de la mal llamada «izquierda abertzale» a favor de los presos o contra la ley de partidos pero que ayer no salieron a las calles de Bilbao a gritar contra los terroristas. No obstante, el apoyo al universo batasuno en Arrigorriaga ha ido decreciendo comicio tras comicio, al mismo ritmo que crece la opción socialista.
Placas y homenajes
Como buen feudo nacionalista, Arrigorriaga es el perfecto ejemplo de la calculada equidistancia de los nacionalistas «moderados» respecto a víctimas y verdugos. La plaza principal de Arrigorriaga se llamaba «Argala», apodo del etarra José Miguel Beñarán, muerto en 1978 al estallar una bomba. Gracias a las denuncias de «Dignidad y Justicia», la Justicia actuó por la vía contencioso administrativa, de modo que en febrero el alcalde, del PNV, se vio obligado a retirar la placa con el nombre del etarra. Eso sí, el primer edil, Alberto Ruiz de Azua, pugnó con los tribunales para impedir la retirada. Incluso, hace un año insistió ante el juez en que había que honrar a «las víctimas de los dos lados».
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