Publicado Viernes, 19-06-09 a las 03:57
Vicente Ferrer era uno se esos personajes que uno admiraba casi desde que estaba en el seminario. Nunca imagine que la vida me iba a dar la oportunidad de compartir muchos momentos con él, ni mucho menos el gran regalo de gozar con su amistad.
Una de las grandes alegrías de mi vida fue la que sentí cuando le concedieron el Premio Príncipe de Asturias, cuya candidatura habíamos presentado desde Mensajeros de la Paz. Aquellos días con él en Oviedo fueron para mí inolvidables. He de confesar que presumía paseando con él o compartiendo la mesa. Y es que estar al lado de Vicente Ferrer era todo un orgullo, un privilegio. Era difícil creer cuánta energía podía salir de su cuerpo menudo y castigado por las enfermedades tropicales y las carencias de muchos años. Creo sin lugar a dudas que su fuerza salía de su espíritu. Era emocionante observar el brillo de sus ojos cuando hablaba de la India, de los intocables de Anantapur, de las miles y miles de personas para los que levantó hospitales y escuelas, abrió pozos y caminos y construyó viviendas dignas. Muchos de ellos le llamaban «father», para él todos fueron sus hijos. Como pocos supo conjugar el pragmatismo de Occidente y la espiritualidad de Oriente.
Es curioso pensar cómo las dos grandes personas que han encarnado, en el sentido más estricto de la palabra, el espíritu evangélico en el siglo XX: la Madre Teresa de Calcuta y Vicente Ferrer, lo hayan sido en la India, tan lejos de nuestro Occidente cristiano, a tanta distancia de Roma. La Madre Teresa ayudaba en la muerte; Vicente Ferrer en la vida.
Era una persona extraordinariamente dulce pero increíblemente firme. Como sólo los grandes hombres saben ser, Vicente era disciplinado, austero y sencillo. Pero sobre todo fue un hombre bueno. Y con una capacidad de trabajo sorprendente. No sólo tenía de santo el nombre, sino toda su presencia. Con su sola mirada comunicaba una energía especial de la que nadie era ajena. Vicente ha sido en único hombre que yo he conocido capaz de bendecir estrechando una mano. Nunca observé en él la más mínima duda de Fe; ni en Dios, ni en los hombres. Él creía ciegamente en la Providencia, sabía que siempre le acompañaba y nunca se caía de sus labios.
Vicente Ferrer, el que conocí y fue mi amigo, fue un santo. Sin necesidad de altares ni procesos. Un santo en vida, que se ha dado hasta sus últimas horas por los demás, por los más pobres entre los pobres. Vicente Ferrer vivió luchando con las armas del amor y del progreso. Su lucha fue contra la injusticia y el olvido. Y ganó. Su victoria es la de los pobres. Su victoria es la de la Humanidad.
Bendita sea su obra. Bendita su memoria.

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