Viernes, 19-06-09
El destino político de Irán tiene enormes implicaciones para los europeos. Está claro que los observadores han malinterpretado las intenciones de los votantes iraníes, puesto que anticipaban un relajamiento de las políticas radicales con una derrota de Ahmadineyad y el ascenso de su rival moderado, Musavi. Tanto si los guardianes de la revolución han manipulado mucho los resultados de las elecciones como si sólo lo han hecho de forma limitada, lo cierto es que los defensores de la democracia y de la moderación lo tienen difícil para ser elegidos en Irán.
En cualquier caso, todos los candidatos iban a remolque de los mulás, con Alí Jamenei ejerciendo su tutela sobre las diversas corrientes políticas. Seguimos confundiendo la política iraní con una lucha democrática cuando lo que realmente tenemos es un duelo interno de facciones entre los hijos de la revolución, que unas veces usan las urnas y otras no. El sistema político sigue encerrado en una dinámica dictatorial. Puede que Irán tenga más en común con la forma de gobierno de China que con la democracia europea.
Un triunfante pero desafiante Ahmadineyad, deseoso de librarse de las acusaciones de fraude, podría ir aún más lejos en el camino del autoritarismo y las medidas antioccidentales justo en el momento en que la nueva Administración de Obama ha hecho gestos inconfundibles de apertura hacia Irán (por primera vez en una generación).
Pronto se pondrá a prueba el axioma de si es la costumbre occidental de caracterizar a los otros como enemigos la que se convierte en una profecía autocumplida, o si realmente tenemos algunos de estos enemigos, incluso cuando les tendemos la mano.
La primera prueba llegará con el asunto nuclear, y eso es algo que preocupa profundamente a Europa. Se da una desafortunada coincidencia: Corea del Norte acaba de probar por segunda vez un arma nuclear, desafiando abiertamente a la ONU. Y debido a que Occidente ya no tiene ganas de más conflictos, Corea del Norte se está saliendo con la suya. Al día siguiente de esa prueba, el presidente Ahmadineyad anunció que su país no seguirá participando en conversaciones sobre el programa nuclear iraní. Al día siguiente de anunciarse su victoria, proclamó que todo el asunto era «un problema del pasado». Evidentemente, Ahmadineyad no piensa que las armas nucleares estén obsoletas. El caso de Corea del Norte le anima a pensar que no hay cabida para una demostración internacional de fuerza, ni motivos para esperar que la situación sea distinta para Irán.
Europa ha confiado en la colaboración diplomática con Irán, y en la eficacia de unas sanciones relativamente limitadas, para inducir a los dirigentes de Irán a que cambien de postura. Pero tiene que haber algo sobre lo que hablar. Si un envalentonado régimen iraní cree que puede burlar fácilmente a la oposición internacional, la combinación europea de colaboración y sanciones se verá sometida a una dura prueba. También será la primera gran crisis nueva de la Administración de Obama, que todavía tiene que resolver la situación en Irak, Afganistán y Pakistán, y Corea del Norte.

