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Michael Lee Wolfe publica un impresionante y hermosísimo homenaje al trovador de los pobres
Actualizado Viernes, 19-06-09 a las 17:18
Han pasado cuarenta años, pero su música sigue viva y coleando más que nunca. Sus canciones desoladora y fieramente humanas vuelven a ser puntos de sutura en estos tiempos de penurias, de miserias económicas y, aún peores, tantas miserias morales. Tiempos, al parecer, de un nuevo Auschwitz, tiempos de volver a marcar con una cruz. Aunque sí es una cruz, que sea a mucha honra.

Woody Guthrie fue hoz y martillo, pero fue, sobre todo, la voz y el martillo de los pobres de su tiempo y de su tierra, en la América destartalada y polvorienta de los años 30 y 40, la de la Gran Depresión, las terribles tormentas de arena, el desempleo, la hambruna. Woody escribía con urgencia, muchas de sus canciones fueron como reportajes a pie de calle, a pie de obra. Muchas, por las prisas y exigencias de alzar la voz contra la injusticia, no pasaron del panfleto.

Pero en su ingente obra musical, docenas y docenas de canciones propias, otras recreadas, otras reinventadas, otras recuperadas para siempre, son simple y llanamente imperecederas. Wilco, Bruce Springsteen y Dylan, su más aventajado discípulo, saben muy bien quién fue Woody artísticamente, más allá del “esta máquina mata fascistas” escrito en la caja de su guitarra. Su cancionero es un auténtico coloso (en llamas, las llamas de la revolución) de la música popular de todos los tiempos. Y acercarse a él exige, además de respeto, buenas dosis de talento.

Una tarea nada fácilNo es fácil vérselas con un clásico, y menos aún hacer revivir sus versos y sus pentagramas. Pero hay alguien, Michael Lee Wolfe, que lo ha intentado. Y ha salido, más que airoso, como un ventarrón. Y las tonadas de Woody fortalecidas y renacidas una vez más. Lee Wolfe es un americano de Pennsilvania que lleva en España más de veinte años. Y aquí, con este «Woody Guthrie revisited», ha conseguido un pleno al 15, al 16, mejor, que dieciséis son las canciones que en este álbum recrea. Lo hace, además, no sólo desde el conocimiento y la interiorización del mensaje del maestro, sino desde la originalidad.

Varias de las versiones están interpretadas en clave zydeco, con un acordeón que de forma endiablada toca María Álvarez, como si se hubiese criado en las mismísimas marismas de la Luisiana. Otras tonadas se entreveran de tonos celtas, otras son, sencillamente, interpretadas de forma sobrecogedora, como el “Jarama Valley”, la vieja tonada que a partir de la melodía de “Red river valley” se convirtió en el himno del Batallón Lincoln (el de los yanquis) de las Brigadas Internacionales. Que se cuente que Woody era comunista (¿qué se podía ser hace sesenta, setenta años, cuando veías a tus hermanos morir sin un mendrugo que llevarse a la boca?), que tenía la voz más nasal que un ternero, que no pulía en exceso su cancionero, que tal y tal, no impiden tener cada vez más constancia de la descomunal y hercúlea belleza de su obra.

Este álbum no hace sino añadir más leña al fuego, a la hoguera, siempre en ascuas, siempre echando chispas, de la música popular.
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