
Martes
, 16-06-09
Para los chicos norteamericanos lucir una letra en su chaqueta o un anillo en su mano es motivo de orgullo. Son reconocidos en el campus como unos triunfadores y por eso, cuando algunos llegan al campo profesional, tienen tanto afán por lograrlos. Tener una joya de la NBA, por ejemplo, es un salto de calidad que marca la carrera de cualquiera. Se alcanza, salvando las distancias, una consideración similar a la de un campeón olímpico o un ganador de «major» en tenis o golf.
Desde que la NBA comenzó en 1947 se han venido repartiendo anillos a los ganadores. El equipo lucha por su trofeo y los jugadores, por su aro. Lógicamente, en los años de la postguerra lo que más se valoraba era el cheque de 2.000 dólares y el anillo que le acompañaba. Entonces eran de oro y portaban un diamante. Con el paso del tiempo han ido incrementando su valor, lo que a más de uno le ha venido bien cuando se le han torcido las cosas. Este mismo año, sin ir más lejos, Randy Brown tuvo que subastar los tres que ganó junto a Michael Jordan en Chicago y sacó 75.000 por cada uno (el valor real es de 40.000, pero hay que añadir lo sentimental). De ahí que en el imaginario colectivo de los baloncestistas se hable siempre del interés por ganarlo y nunca del trofeo en sí. De hecho, la NBA lucha por darle entidad propia al Larry O´Brien Thropy, que es un balón a punto de encestarse que siempre pierde en reconocimiento popular con la Stanley Cup de la NHL.
Al margen de gustos particulares, las piezas son unas obras maestras de la joyería. Están realizadas en oro blanco de 14 quilates y absolutamente repletas de pequeños diamantes en sus tres caras. En la de arriba se muestra el nombre del equipo junto al trofeo, y en las laterales el año, el registro de triunfos y el nombre del deportista. Vamos, que es imposible olvidarse de lo que conmemora. Aunque a algunos, como Robert Horry, se le pierdan los siete que tenía en una mudanza. Ya no es el jugador con más anillos de la historia.



