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Severiano Ballesteros: «Ahora me siento mejor persona»
FOTO: CELEDONIO
«En la vida estamos de paso; hay que disfrutar lo que se pueda»
-¿Te ha cambiado en algo la enfermedad?
-Veo la vida de una forma muy distinta y me doy cuenta de que a veces nos enfadamos por cosas bien tontas. Me doy cuenta de lo poco agradecidos que somos, porque cuando gozamos de buena salud no nos paramos a pensar en qué bien estoy y qué suerte tengo. Me he dado cuenta de otras cosas, sobre todo de lo importante que es la familia.
-¿Quién es ahora Seve Ballesteros?
-Creo que soy una persona especial. Y lo digo porque me considero normal, muy normal. Y hoy en día no hay muchas personas normales. Estamos de paso, hay que disfrutar lo que se pueda y, sobre todo, no dar importancia a cosas que no la tienen.
Domingo, 14-06-09
-«¿Has leído el capítulo de mi padre?»
-Le digo que sí.
-«¿A que te has reído mucho, sobre todo con el asunto de las patatas?»
Hablamos de su autobiografía dentro de una distendida conversación mantenida en el salón de su casa, sentados ante los amplios ventanales con vistas a la bahía de Santander, justo al lado de Pedreña y Somo. En el jardín se sitúa el minicampo que ha construido, rodeado de pequeños lagos artificiales. Comienza una nueva vida para el jugador que revolucionó el golf mundial.
-Se te ve bien.
-Lo estoy. Las cosas van por muy buen camino y los médicos están impresionados de lo rápido que me estoy recuperando. Peso ahora 75 kilos, los mismos que pesaba cuando tenía 25 años. Es gracias a un entrenamiento muy duro y a una dieta muy estricta.
-En este partido de 72 hoyos, y si salimos del «tee» del uno, ¿a qué altura estamos?
-Considero que el par es de 72 hoyos porque fueron 72 los días que pasé en el hospital. En este partido, que es el más difícil de cuantos he jugado en mi vida, voy avanzando. Ahora mismo me siento plenamente recuperado. Pero me quedan ocho «quimios» de las doce sesiones que se dan normalmente a alguien al que le pasa lo que me ha pasado. Me siento muy bien, mejor cada día. Creo que el ecuador ya lo he pasado.
-¿Cómo es tu día a día?
-Todos son iguales. Para mí no hay sábados o domingos porque no descanso y hago siempre lo mismo. Me levanto a las siete y media, me aseo, desayuno a las nueve, completo las hojas cognitivas que tengo que hacer como entrenamiento y a las once y media bajo al gimnasio, donde realizo todo tipo de ejercicios físicos. Luego llegan los contrastes. Me meto en la sauna a 95 grados y siguen duchas de agua fría. Esta parte es bastante incómoda. Después subo a la casa, almuerzo, hago una pequeña siesta y más tarde juego al golf o voy a caminar por la playa.
-Con momentos duros.
-La recuperación en sí es muy dura, pero la peor etapa que pasé fue producida más por el dolor psicológico que por el físico, cuando empezaba a ser consciente del grave problema que me había caído encima y de mis limitaciones físicas. Ese fue un momento especialmente difícil. Porque dolores realmente no he tenido. En las operaciones te duermen y no te enteras. El postoperatorio que tienes que pasar no es agradable, pero sí soportable.
-¿Cómo recibiste la noticia?
-Fue un «shock». ¿Quién se lo iba esperar? Estaba haciendo mi rutina habitual y de repente aparezco en Urgencias de un hospital, me hacen un escáner y me dicen esto.
-¿Qué ocurrió?
-El plan era comer con mi hijo Miguel y después viajar a la feria de golf de Alemania, junto a mi sobrino Iván, para presentar una línea de palos diseñados por mí y que llevan mi firma. Creo que me desmayé en las escaleras del aeropuerto. Digo esto porque la verdad es que no sé si perdí totalmente el conocimiento o no. El caso es que se acercó una señora a atenderme y empezó a gritar, la gente comenzó a reconocerme y se produjo en seguida una gran aglomeración. Le dije a la señora: «Por favor, cállese, no grite, que está armando usted un follón y no es para tanto». Y me responde: «Pero qué sinvergüenza, encima de que le he querido ayudar». Creo que le pedí disculpas y se fue. La suerte es que estaba cerca del Hospital La Paz y me llevó rápidamente mi sobrino. En caso contrario, probablemente no lo hubiera contado.
-Y decidiste hacer pública tu enfermedad.
-No tenía otro remedio. Después de hablar con mi familia se lo comuniqué a los medios porque era mucha la gente que me mandaba mensajes y se preocupaba por mí.
-Llegan las operaciones. Una, dos, tres, hasta cuatro.
-La tercera fue la peor, la más peligrosa. Fue cuando me di cuenta de que algo grave pasaba. Porque uno no es tonto y no es lógico que te operen tantas veces de la cabeza.
-¿Te ocultaban algo?
-No, no, los médicos fueron siempre muy sinceros conmigo. Pero, en tu interior, siempre te resistes a pensar que el asunto es tan grave.
-Durante la estancia en el hospital, ¿pasaste por momentos depresivos, tuviste altibajos?
-Lo cierto es que durante los 72 días que pasé en La Paz, entre la UCI y la planta, estuve bastante bien de ánimo. Incluso gastaba bromas. Pero no era plenamente consciente de la situación real. Después, sí, vino un bajón cuando comencé a ver mis limitaciones. Cuando me dijeron que no veía por la parte izquierda, que no podía conducir, que no podía ducharme solo y que tenía que depender de alguien casi para cualquier cosa, mi presente lo trasladaba al futuro y lo veía todo muy mal. Fue cuando peor lo pasé.
-Por fin te dan el alta y vuelves a casa, a Pedreña.
-Siempre les insistí a los médicos en que el mejor sitio era mi casa. Hubiera querido venirme antes, pero quedaba la cuarta operación.
-Los oncólogos insisten en valorar tu fortaleza.
-El doctor Heredero (bromea) me dejó una buena herencia. Ha sido uno de los tres médicos, junto a Isla y Pérez Álvarez, a los que debo la vida. Si ellos no llegan a estar en el hospital a lo mejor yo no estaba aquí. Fue una gran suerte que lo que me ocurrió sucediera cerca de La Paz y ayudó también el hecho de que yo fuera un deportista y estuviera bien físicamente.
-El hombre que salió del quirófano no es el mismo que entró.
-El Seve de antes es distinto al de después. Me siento mejor persona. Mi carácter ha mejorado, soy más amable y más tolerante. Cuando veo cosas buenas las digo porque hay que decirlo. La palabra tiene mucha fuerza, es importante quererse y decirlo. Es muy importante saber decir a una persona «te quiero».
-Ha sido extraordinaria la respuesta ciudadana.
-Nunca lo agradeceré bastante. Dicen que la felicidad está en el amor y el amor es tanto cuando quieres como cuando te sientes querido. Pero valoro especialmente a aquellos que yo sentía que eran mis amigos y no me han fallado, como Manolo Piñero, que vino con Angelines, su esposa, sólo para verme. O José María Olazábal, que estuvo en el hospital. Y tantos y tantos.
-En tu encuentro con los Reyes les dijiste que te han quitado la parte mala y queda la buena. ¿Cuál era la parte mala?
-Era una forma de bromear. Suelo ser bastante irónico. Lo dije cuando los Reyes tuvieron el detalle de venir a verme en Santander. «¿Qué tal estás?», me dijo Doña Sofía. Respondí que «ahora estoy muy bien, Majestad, porque desde que me han quitado la parte mala sólo queda la buena y me encuentro mucho mejor». Se echaron a reír.
-¿Cuáles son tus planes?
-Primero, recuperarme. Más adelante, me dedicaré a dar exhibiciones de golf y conferencias. Acabo de crear una fundación y el dinero que recaude será destinado a la investigación del cáncer.
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