Altos militares, políticos y civiles libaneses permanecen detenidos como sospechosos de formar parte de una red de informadores secretos que habrían filtrado a Israel información sensible sobre el Líbano hace décadas. Tel Aviv guarda silencio
Publicado Jueves, 11-06-09 a las 03:07
Corría el mes de noviembre de 2008 cuando los medios de Beirut se hicieron eco del arresto de un ciudadano libanés, de nombre Ali Jarrah. En su coche se encontraron sofisticados sistemas de fotografía y de localización GPS y en su interrogatorio la sorpresa de una confesión tremebunda: Jarrah era desde 1983 espía del Mossad y, al servicio de Israel, había filtrado durante 25 años vía teléfono satélite miles de imágenes de carreteras, instalaciones militares o convoyes que supuestamente transportaban armas para Hizbulá.
Su detención ponía a las Fuerzas de Seguridad del país del cedro en la pista segura para el descubrimiento de lo que, hasta la fecha, se ha interpretado como una inmensa trama de espionaje. Una red de informadores secretos, orientada a copiar a los líderes de la milicia chií y sus actividades, que ya ha dado de sí para la detención de más de 200 sospechosos en la más espectacular operación contra los agentes pagados por Tel Aviv desde el final de la guerra civil libanesa. Para muchos, es la demostración de que, tras 18 años de ocupación, Israel no ha abandonado el Líbano. Para Hizbulá, de que la guerra contra «el enemigo sionista» continúa.
Hasta donde ha trascendido de esta caza, la penetración de los presuntos espías en los entresijos de la milicia chií era máxima. A Jarrah se le acusa de una participación aún no detallada en el peor golpe sufrido en años por Hizbulá, el atentado que acabó en febrero de 2008 con la vida de su jefe militar, Imad Mughniye, todavía pendiente de venganza. De otro atrapado, Ziad Homsi (ex alcalde de una ciudad), parecen figurar sus intentos por citarse con el jefe supremo del Partido de Dios, Hassan Nasralah, en lo que se cree eran los planes de Israel para un magnicidio.
Con todo, la mayor pieza cobrada por la operación sería en abril la captura del general retirado Adib Alam, al que se atribuye la traición de suministrar a Israel información sobre posiciones militares y civiles sirias y libanesas, que luego fueron bombardeadas en la guerra de 2006. En el Líbano, el espionaje se castiga con la muerte. Tel Aviv, a riesgo de admitir una de las mayores chapuzas de su historia reciente, guarda silencio.
Mujeres y dinero
Como en las novelas de John Le Carré, el jefe de las Fuerzas de Seguridad Libanesas, Ashraf Rifi, ha desvelado que la mayoría de los agentes fueron reclutados entre los años ochenta y noventa a través de «mujeres bonitas» o sumas de 5.000 a 7.000 dólares que, cumplida la primera misión, presuntamente Israel rebajaba aunque exigiendo a los captados seguir bajo amenaza de delatarles. Nasrallah ha pedido que todos sean colgados.


