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Pinar sale a hombros de Alcurrucén
No es que los hermanos Pablo, Eduardo y José Luis Lozano se lanzasen a izar a hombros a Rubén Pinar, pero el material para trenzar el paso que lo elevó por la Puerta Grande fue una estupenda creación suya: una señora corrida de Alcurrucén. Y de la creación, el lote de Pinar. Distintos toros, diferentes baremos. Un tercero negro y ensillado, que no alto, cornidelantero y dotado de un extraordinario cuello para humillar. Muy en Núñez la salida y la cosa del caballo. O sea, de pasar con más que discreta nota. Pero en capotes colocaba la cara en los vuelos prometiendo la gloria para la muleta: había que echársela muy al hocico, por abajo, y desde el punto muerto y parado arrancaba el toro con una profundidad lenta. Pinar lo entendió bien, dentro de lo que es Pinar estéticamente y el tiempo escaso de rodaje que marca su cuentakilómetros. Pulsó con temple la embestida que salía desde cero, sin galope, hollando con el hocico la arena con un ritmo dormido, que a veces parecía no terminar nunca y otras no rebosarse. «Afanes» se llamaba. Unas manolas finales y una estocada por derecho le entregaron la oreja.
El sexto traía porte de galán de cinco años, largo como un tren, 609 kilos de vagones de mercancías con una locomotora lucera. Un tío. Alberto Martínez lidió en orden, y esto hoy en día, y más ayer, es noticia. Sin embargo, no se picó bien el toro. Rubén Pinar brindó al público en un «voy a por todas». Doblones y derechazos mandones. El hombre iría a por todas pero enviaba a veces, y no pocas, al importante toro a por uvas, especialmente en la segunda mitad de faena. Valeroso, proceloso, meritorio, negado con una zurda que nunca embarcó ni enganchó por delante, la Puerta Grande que se le abrió ante los ojos traía la catadura de un público dominguero de feria vencida y abonos cedidos. No sé si lo dije en Valencia ya, pero Rubén Pinar va a funcionar y gustará en los pueblos. Madrid es un poblachón manchego, como escribía don Francisco Umbral, en tardes como la de ayer. La estocada fue la llave de la segunda oreja.
No fueron los dos únicos toros de la corrida de Alcurrucén. «Heredero» rompió plaza como desentendido del mundo, estrecho de sienes, corretón, huidizo -del peto también-, elegante el porte de cinqueño sin estridencias ni aristas. Antonio Ferrera lo banderilleó olímpicamente. Y centró la faena en la querencia, entre el «2» y la puerta de toriles. «Heredero» no descolgaba del todo por el derecho, pero por el izquierdo vive Dios que se entregaba con un son sensacional. Y además se rebosaba y se abría un tanto más que otros para permitir la colocación, el respiro, la repetición sin apreturas. Ferrera no dio un muletazo a la altura de la calidad del oponente que no se oponía a nada. Sin embargo, con el cuarto estuvo con un par en banderillas. El cuarto que arreó tela y con todo y fuerte y con jiribilla trallera.
Matías Tejela es un torero al que todos los años por Madrid unos señores se reinventan y luego vuelve a dar su talla. La cuadrilla de Tejela mondó a capotazos a un segundo que era un tacazo de hechuras y que unas veces embistió bien y otras regular, desigual pero siempre en son de paz. El quinto pedía el carné con casta y potencia. Subió nota al conjunto en el caballo. Y se le subió a la chepa a Tejela, que no gobernó. Cobró la estocada de la jornada.
Alcurrucén significa un capítulo entero en la reciente historia ganadera de Las Ventas: Manzanares en el 93, Aparicio en el 94, José Tomás en el 97 y en 2002, Rincón y Cid en 2005. ¡Y en Madrid, no en Motril!
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