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Una derecha europea capitaneada por Berlusconi y una izquierda sin líder ni recetas contra la crisis š El 7 de junio deja un panorama marcado por la falta de un rumbo común claro en los dos grandes partido y el desinterés popular por una Eurocámara más poderosa
¿A dónde vas, Europa?
Una campaña tediosa, un debate en clave hispano-española y unos candidatos dudosamente atractivos nos han dejado a muchos europeístas españoles noqueados, sin ganas de saltar al ring patrio a gritar: «¡Europa importa, estúpidos!». Un grito que no sería ya la pose ilustrada de los afrancesados del siglo XVIII sino la constatación realista de que no da igual quién obtenga un escaño en la Eurocámara.
Si se aprobara el Tratado de Lisboa, el Parlamento Europeo obtendría los poderes que caracterizan al legislativo en las democracias nacionales: pasaría a decidir el 100% del presupuesto europeo (una raquítica cifra equivalente a algo más del 1% del PIB de la Unión), sería un legislador pleno en materias clave como la inmigración, la cooperación policial y la política exterior, y tendría en sus manos el nombramiento del jefe del Ejecutivo comunitario.
La margarita europea -se aprobará Lisboa, no se aprobará Lisboa...- depende ahora del capricho del ascendente líder conservador británico, David Cameron, que ha prometido someter los restos de lo que fue un Tratado Constitucional a referéndum (para tumbarlo) si llega al poder. Irlanda, que azotó con su «no» al nuevo tratado, parece haber virado hacia el «sí», como confirman los resultados de anoche.
Resignación
Esta Europa que por fin podría tener nombre y apellido al otro lado del teléfono rojo, y un poder legislativo merecedor de tan noble calificativo sale del 7-J con el índice de participación más bajo de su historia (43%, una caída de 19 puntos desde las primeras elecciones en 1979), y su alma política quebrada. Es, sinceramente, muy preocupante que Silvio Berlusconi -a quien José María Aznar metió en la gran familia del PPE cuando el centro-izquierda gobernaba la UE- vaya a ser el hombre fuerte del centro-derecha europeo.
Y resulta igualmente sombrío que la otra gran familia que ha vertebrado el continente que salió maltrecho de la Segunda Guerra Mundial para convertirlo en un paraíso pacífico en este mundo caótico -el Partido Socialista Europeo- llegue a la cita sin recetas. Y sin un futuro claro, con Gordon Brown en la cuerda floja, y otro líder en España, Rodríguez Zapatero, muy poco interesado en renunciar a sus apriorismos ideológicos para poner ideas movilizadoras en la mesa del Consejo Europeo.
¿A dónde vas, Europa? ¿La mano de quién debemos coger los que aún creemos en el invento? ¿Barroso? Lo dudo. Por ahora, Merkel y Sarkozy garantizan al menos la cordura institucional.
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