Domingo, 07-06-09
POR A. FERNÁNDEZ
FOTO MIGUEL MUÑIZ
SANTIAGO. «Intente usar otras palabras» no es sólo la más conocida fórmula que el buscador Google utiliza en sus -escasas- pequeñas derrotas. Es también el título de un libro (Mondadori). Y una excusa para hablar de literatura con Germán Sierra (La Coruña, 1960). Ciencia y experiencia, alta cultura y pop, postmodernismo, intertextualidad y apertura definen una novela que no pide clasificación, apta «para los que reciben información de diferentes plataformas, y para los que buscan diversión».
-Van apareciendo nuevas formas de contar.
-Empieza... Ahora mismo están saliendo un grupo de escritores, que se han ido haciendo conocidos hace relativamente poco tiempo, pero ya escribían desde los noventa. Están Francisco Ferrer, Manolo Vilas, Fernández Porta... Hay un grupo importante de gente que lleva ya un cierto tiempo intentando renovar la forma de contar en España. Es una corriente que en el ámbito anglosajón existe desde hace más tiempo.
-¿Por qué ahora?
-Aquí siempre ha habido grandes autores experimentales. Julián Ríos, que es de aquí, de Vigo (actualmente vive en Francia), y es uno de los grandes autores españoles todavía vivos; tenemos al Cela de los años setenta; al propio Valle-Inclán, que en su momento fue un innovador. Hay una tradición importante, pero se le había prestado poca atención, frente a otra tradición más entroncada en la descripción, del siglo XIX. No siempre ha sido así. «El Quijote», la primera gran novela, tiene más que ver con este modo de escribir que con el del XIX, que se ha asentado bastante.
-Un científico-escritor más.
-Siempre ha pasado. Rabelaire era médico, y Céline... La literatura ha estado siempre relacionada con la ciencia. El más reciente es Juan Benet, que era ingeniero, también muy experimenal, en varios sentidos, con la narrativa. Ahora quizá se hayan mezclado esas dos cosas. Y tenemos más gente con formación científica. Es cierto que entre los jóvenes hay autores interesantes que vienen de ahí: Mallo, Javier Fernández...
-Obligan, en cierto modo, a una mayor exigencia lectora.
-Pero curiosamente, los lectores de «Intente usar otras palabras» te dicen que es relativamente fácil de leer. Exige un esfuerzo, pero toda la literatura con una intención artística debe requerir un esfuerzo. ¿Por qué no?Hay una diferencia entre placer y entretenimiento; el placer de verdad requiere esfuerzo. El lector contemporáneo está continuamente recibiendo información, ficciones y narrativa a través de medios muy diferentes. Están acostumbrados al cine, a la televisión, navegan por Internet, viven en un mundo en el que la narrativa llega a través de muchos sistemas distintos. Buena parte de la información y de la propia ficción que reciben la adquieren de ámbitos ordenados mediante una estructura no narrativa: la consulta de bases de datos, internet...
-En su novela la preocupación por la metapoética, el contar, es constante.
-Hay reflexión sobre lo que es hoy la literatura, sobre cómo recibimos la realidad a través de los medios de comunicación; hay muchos homenajes encubiertos a autores. La idea de construir una ficción trasladándola de contexto es una corriente del siglo XX: cuando Duchamp coge el urinario y lo pone en el museo, lo que hace simplemente es cambiar de contexto. De ahí viene el «ready-made»...
-Las marcas fijan.
-Vivimos en un mundo en el que las marcas muchas veces definen a un individuo mucho mejor que una descripción. Decir que alguien usa Apple es una definición muy clara. Muchas veces, con dos o tres pinceladas de este tipo, se define mejor a un personaje que con una descripción de veinte páginas. Es algo inevitable. Todos estamos determinados por las marcas que usamos. Hoy en día la identidad se construye más por lo que consumes que por otros referentes reales o históricos. Yo me considero más de Apple que de Santiago. Todo eso aparece en la novela.
-¿Por qué un protagonista decadente, un vago vocacional?
-La novela empezó como un ensayo sobre la pereza. Vivimos en una sociedad donde ahora es posible. Quizá antes eso no era tan fácil. Hoy, sí. Y un fenómeno no poco común, por otra parte. En general, la gente tiende a ocultarlo: lo que me interesa de Carlos es que está orgulloso de ser algo que no está bien visto en la sociedad. Desde ese punto de vista, hago una reflexión bastante satírica sobre el trabajo, la política y las relaciones humanas. Es un recurso satírico que me sirve para que él sea más sincero. Yo soy un defensor de la pereza, que es una virtud y no un vicio.
-Sistema de sucesión, modificación.
-Hay muchas historias paralelas, que aparecen y desaparecen, algunas con una relación no muy directa. Son flashes que ayudan a crear una impresión narrativa de lo que es la ciudad.

