LAS VENTAS
Monumental de las Ventas. Viernes, 5 de junio de 2009. Cuarta corrida del Aniversario. «No hay billetes». Toros de Victoriano del Río, muy serios y muy duros; destacó el 4º ( vuelta al ruedo en el arrastre); el manejable 1º no se vio.
Luis Francisco Esplá, de rioja y oro. Pinchazo, estocada atravesada y cuatro descabellos (silencio). En el cuarto, estocada tendida en la suerte de recibir (dos orejas y dos vueltas al ruedo apoteósicas). Salió por la Puerta Grande.
Morante de la Puebla, de verde y azabache. Tres pinchazos y puñalada (bronca). En el quinto, puñalada (pitos).
Sebastián Castella, de lila y oro. Media estocada atravesada perpendicular y dos descabellos. Aviso (silencio). En el sexto, tres pinchazos y media caída. Aviso (silencio).
Gloria a Esplá. Desmadejado, roto, como un Cristo doliente, en una masiva salida a hombros a la antigua, por la Puerta Grande. De Madrid... ¡al cielo con él! La despedida soñada a 33 años de historia. Torero de Las Ventas por siempre. Añeja estampa. Le arrancaban el alma, los alamares, los machos. Cada pieza, una reliquia. El Rocío por la calle de Alcalá. Emocionante a rabiar. Su hijo Alejandro lo subió al altar de su nuca en la vuelta al ruedo. El hijo, el padre y el espíritu venteño.
Moría una tarde dura de viento cruel, un nublado crepúsculo dispuesto por la mano de Gustavo Pérez-Puig, que sorteó para un soberbio Luis Francisco Esplá la divina fortuna. ¡Qué baraka, Gustavo, qué baraka! El lote en la bolita, que escondía a «Beato», un toro grande, un gran toro de 620 kilos de santas ideas, de Victoriano del Río. Esplá brindó una faena gloriosa a los Madriles que lo han querido como a pocos, y toreó como nunca, o mejor que siempre. Natural con la derecha, tras el prólogo por alto agarrado a las tablas, ligado sin forzamientos. Y la naturalidad sublimada en una serie de naturales de mano corrida descomunal. Los pases de pecho, el chaleco abierto, se paladeaban, se coreaban, extasiaban. ¡Qué torero todo! Los cambios de mano bienvenidistas por delante, por la espalda, el afarolado del cierre tan Esplá, como pincelada encendida. Había una comunión total con unos tendidos que se precipitaban en oles, rugidos de pasión como paisaje a los pasajes expresionistas. La vida es justa: Luis Francisco Esplá se merecía un adiós así de su plaza. Planteó rizar el rizo con una estocada en la suerte de recibir, que casi fue al encuentro. Y la espada se hundió tendida, pero se hundió. Bramó Madrid. Faltaba el descabello. Y fue a la segunda. La sensibilidad afloró en una pañolada inmensa. Alberto Pérez lloraba; lloraba el cielo de Madrid. Esplá solicitó la vuelta al ruedo para el toro. Gesto generoso para su glorioso colaborador. Pañuelo azul. Esa cabeza vale un potosí.
No se había podido ver su primero por el viento. El maestro hubo de torearlo entre las rayas, en su querencia, porque Eolo imposibilitaba los medios. No fue malo, ésa es la última conclusión. Esplá, por cierto, quiso las banderillas en los dos. Cincuenta y dos años de facultades y oficio.
Las expresiones de las caras de sus cuajados toros nada tuvieron que ver con las del segundo y tercero, muy abiertos de palas, agresivos de mirada, colocados los puñales por delante, como para no haber peleado tanto por ellos... A Morante el presidente le cambió el tercio de varas precipitadamente, y Morante de la Puebla cosechó una torera bronca de aliño en los adentros con semejante cabrón. Sebastián Castella se sentó en el estribo y luego marchó a los medios vedados para el toreo por el viento. Loable actitud descabezada. Tocaba jugársela por las dos manos. La violencia fue la descompuesta respuesta. Sería una contradicción alabar la brevedad morantista y criticar la seca valentía castellista contra todos los elementos. Brindó Morante a Esplá el infumable quinto, y pareció decírselo: «No hay nada que hacer». Bordó la puñalada de nuevo. Castella estuvo muy por encima y a pecho descubierto con un problemático sexto, que en los terceros muletazos le quería quitar el corbatín, la muleta y la cabeza. Tragó ricino ante una plaza que sólo esperaba la gloria de Esplá ya. Loado sea.



