
La escritora Irène Némirovsky /ABC
Publicado Miércoles, 03-06-09 a las 10:47
Ismael encandila a cualquiera con su aspecto de querubín, una voz angelical y su capacidad asombrosa para componer las más bellas canciones con versos que parecen sacados de la nada. Cuando recita sus poemas en las tabernas de un puerto del Mar Negro, el niño arranca lágrimas de emoción a pescadores, prostitutas y borrachos. Un poeta venido a menos lo rescata para convertirlo en la principal atracción de una ociosa aristócrata, la 'princesa'. A partir de entonces, el talento natural de la criatura será su pasaporte a la felicidad y a la desgracia.
Irène Némirovsky (1903-1942) escribe en 'Un niño prodigio' (Alfaguara) una preciosa fábula sobre los juguetes rotos, un fenómeno al que hoy en día podemos poner cara con tanta facilidad, pero que, como muestra la escritora rusa, viene de antiguo.
A Ismael le ocurre como a tantos niños actores o cantantes que conocemos, alabados y mimados hasta la saciedad mientras su talento es útil, y abocados al olvido en cuando no cumplen las expectativas puestos en ellos o, simplemente, su encanto desaparece porque se han hecho mayores. El protagonista de Némirovsky también crece y deja de ser un pequeño ruiseñor para convertirse en un muchachote torpe al que las exigencias de su cuerpo en desarrollo le impiden seguir la rima de un poema. Derrotado porque su magia se ha esfumado, resulta desgarrador cuando el adolescente descubre que su 'princesa' le ha sustituido por un enorme perro blanco.
La capacidad descriptiva de esta narradora resulta un regalo, capaz de dibujar con un par de palabras exactas la grosería de las tabernas
Acierto de una pequeña gran obraPero es precisamente la capacidad de la escritora para evocar la sensualidad, la felicidad de las cosas bellas y el placer físico uno de los grandes aciertos de esta pequeña obra que apenas llega al centenar de páginas. El lector acompaña a Ismael en el descubrimiento del lujo, de las mansiones repletas de tapices y porcelanas rosas, del crujir de los vestidos de seda y el olor de los perfumes, al tiempo que despierta a tentaciones más carnales deliciosamente contadas por la autora. En uno de los pasajes, el crío soporta en su mejilla el dolor del arañazo de una joya prendida en el escote de la 'princesa' con tal de no separarse de su abrazo.
La capacidad descriptiva de esta narradora resulta un regalo, capaz de dibujar con un par de palabras exactas la grosería de las tabernas, el lujo y el derroche de la alta sociedad o la felicidad sencilla de la vida en el campo.
Nemirovsky tuvo también algo de joven prodigio. Nacida en 1903 en el seno de una acomodada familia judía de Kiev, actual capital de Ucrania, tenía 24 años cuando publicó esta obra en Les Ceuvres Libres. Le siguieron 'El baile' y 'Suite francesa' antes de que el régimen nazi acabara con ella. Fue precoz en su escritura y también en su muerte. Sólo tenía 39 años cuando falleció en el campo de exterminio de Auschwitz.