«Para ganar hay que apostar». Es la máxima de Miguel Tendero ante la cita clave de su vida: su alternativa. La lluvia haló hasta Madrid su sueño de convertirse en matador de toros anteayer en Nimes. «Pero no hay mal que por bien no venga», dice el albaceteño. Y se abrieron las puertas de una ceremonia hoy en Las Ventas. El joven no dudó en dar el «sí, quiero». Órdago a la grande de un barbilampiño sabedor de que el reto le puede conducir a un nuevo amanecer. «La apuesta es fortísima, pero es lo que tengo que hacer para ser alguien. Toda la vida ha sido así», sentencia.
¿Cambian las sensaciones al celebrarse el rito sagrado del doctorado en la Monumental? «¡Una barbaridad! Si el compromiso era fuerte, ahora mucho más. Todo varía. La corrida saldrá grande. Tiene visos de ser una de las apuestas del año». Locura quijotesca de un torero: «Quien algo quiere, algo le cuesta». ¡Se habrá apretado bien los machos! «Sí, que me los apriete el mozo de espadas. La responsabilidad es inmensa, pero estoy deseando que salga el toro para hacer lo que llevo dentro». ¿A qué viene dispuesto? «A todo. Me voy a arrimar como un perro para colocarme al lado de las figuras y ganar dinero».
Habla con rotundidad. Sin titubeos. Su ambición se respira desde las zapatillas a la montera. Como antaño cuando muchos suspiraban por hacerse ricos con el toro y sacar a sus familias de la pobreza, Tendero persigue una meta: «Mis padres viven de alquiler en una casa muy chica. Y yo quiero comprarles una grande y situarlos mejor». Esta afilada crisis llega también a la tierra del acero: «En realidad, en mi casa ha habido crisis siempre. Y sacarla de ahí depende de una cosa: de mi muleta». La espada ha sido en muchas ocasiones su cruz, como este San Isidro en su despedida de novillero. «Fue una pena, porque tenía las orejas cortadas».
Ya quería la confirmación
Con ansias de gloria se enfunda su terno blanco y oro, un clásico, como su toreo. Se muestra seguro: «Confío plenamente en mis condiciones. Madrid me puede poner en circulación directa». Si el domingo eran Enrique Ponce y José María Manzanares su padrino y su testigo, ahora lo serán El Cid y Sebastián Castella. «Es un cartel de lujo, con una ganadería extraordinaria (Puerto de San Lorenzo)». Tendero entra en el puesto de El Fundi, al que desea «una pronta recuperación» tras su gravísima caída de un caballo. «Si hubiese tomado la alternativa en Francia, ya me habían propuesto confirmar este día», cuenta.
El valiente de la Mancha afronta este tremendo reto con noventa novilladas, en las que ha evidenciado una alta proyección. «En Madrid fui triunfador el año pasado. Creo que tengo buen cartel, y ahora es la ocasión de demostrarlo».
La preparación ha sido intensa, física y psíquicamente. No es torero de soledades ni silencios. «No soy de encerrarme en mí mismo». Apacigua los nervios con «otras mañas, sobre todo siendo consciente de mis posibilidades». Como Joselito el Gallo, cree que el toro apenas deja sitio libre: «Ocupa todo el espacio de tu mente».
A pesar de los miedos que flotan en capilla, asegura que crecen más rápidas las ilusiones. «Es hora de imaginar que todo sale bien y tener fe en uno mismo. Es hora de soñar». ¿Qué le gustaría que dijese la afición cuando salga de la plaza con el carné de matador? «Esa pregunta es muy fácil: aquí hay torero, y por mucho tiempo».
Ojalá haya suerte.

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