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Domingo, 31-05-09
Vivimos un momento delicado, de estrechamiento económico, de incertidumbre y zozobra. La crisis sigue dando fuertes aldabonazos sobre el tejido socioeconómico y no arrancan los programas coyunturales repletos de retórica y de billones que no llegan a la pequeña y mediana empresa. En algunos países de la UE se agudiza el peligro de una pinza crediticia que puede estrangular la actividad empresarial, mientras prosigue con alarmante velocidad el deterioro del empleo. Alemania, por ejemplo, ya ha entrado en barrena; su economía decrecerá este año un 6%. El aumento del paro en la principal locomotora de la UE se considera dramático y la recuperación podría durar hasta 2013, como sintetiza de forma desapasionada Ulrich Schröder, jefe del Banco de Fomento KfW. La mayoría de las repúblicas del Este rozan prácticamente la bancarrota y más pronto que tarde tendrán que ser socorridas por Bruselas.
En fin, los datos a futuro no son alentadores para el Viejo Continente, aunque hay países que están mejor preparados para resistir y luego aprovechar con fuerza la recuperación económica mundial, como es el caso de Alemania, Suiza, Holanda o algún que otro país escandinavo. Hoy por hoy, sin embargo, no se vislumbra por dónde las economías occidentales, inclusive la norteamericana, pueden retomar la senda del crecimiento. Y aunque los expertos reconocen que las inyecciones interminables de dinero público han desatascado el peligroso bloqueo interbancario y los bancos vuelven a prestarse dinero entre ellos, si bien siempre temerosos y con recelos, las causas y los efectos de esta crisis sistémica, siguen sin abordarse con profundidad y rigor. Probablemente ésta sea una tarea que dure años y que exigirá un amplio debate social sobre una nueva y necesaria moralidad pública y privada, por mucho que se reforme ahora con afectada diligencia el sistema financiero internacional.
Mientras, nos acostumbraremos a explicar esta crisis, la peor de los últimos cincuenta años, como si se tratara de un temporal fuerte y bronco que nubla el horizonte de nuestro progreso. Es comprensible. Ya lo decía el psicoanalista Erich Fromm cuando explicaba la tendencia del hombre posindustrial a emular, ante la adversidad, al avestruz y hacer mutis por el foro. Pero, ¿existen indicios de una tenue recuperación, como anuncian estos días banqueros, analistas, autoridades y medios de prensa? ¿Está fundamentado ese mayor optimismo con respecto a la crisis mundial? ¿Podemos interpretar que la subida de las bolsas y de las materias primas, especialmente del petróleo -el Brent ya ha superado los 60 dólares por barril-, signifiquen un cambio de tendencia? No, concluye un estudio de economistas de la Universidad de Duisburg-Essen que relaciona el aumento de las materias primas directamente con el abastecimiento global de liquidez (Global Liquidity and Commodity Prices). Y no obstante, el tirón de las materias primas (petróleo y sus derivados, cobre, trigo y soja) puede también explicarse por el notable crecimiento en torno a un 8% de la India y China durante esta crisis. Y es que estas dos potencias del futuro han seguido creciendo, a un ritmo inferior, pero creciendo. La irrupción de China en el escenario mundial es fascinante y es muy probable que sea la primera de las grandes economías del mundo que logre salir de la crisis global. Sin duda, esta crisis va a acelerar -que no retrasar- un trastoque profundo de los centros de poder económicos mundiales. La República Popular China dominará su área concéntrica, es decir, gran parte del continente asiático y superará en pocos años el PIB de Japón. Pekín se ha fijado el propósito de cuatriplicar su PIB per cápita en veinte años. Desde el gran reformador político y económico Deng Xiaoping hasta los dirigentes de hoy, la República Popular ha muñido, desde su realidad confuciana-taoista-comunista y sin concesiones a la galería su propio modelo político, social y económico, en un proceso de fuerte internacionalización y terciarización de su economía. Un proceso que los chinos definen de armonioso en lo concerniente a la política interior y de ascenso pacífico en asuntos internacionales. Es la culminación de un gran salto adelante, de una nueva larga marcha para convertirse en una gran potencia, con presencia influyente no sólo en Asia, sino también en África e Iberoamérica. Mientras Occidente practicaba la táctica del avestruz, Pekín ha ido tomando posiciones en el continente olvidado, en África, vigorizando así su insaciable sed de materias primas: crudo de Angola, maderas tropicales del Congo-Brazzaville, hierro y oro de Sudáfrica, platino de Zimbabwe, cobre de Zambia, etc.
Además, los chinos no se andan con complejos a la hora de negociar con dictadores y reyezuelos africanos. Lo que les importa es avanzar en su política de asegurarse los productos básicos estratégicos, negociando una concesión de hidrocarburos con Nigeria, más petróleo con Irak y hasta con la ex colonia española, Guinea Ecuatorial, donde desembarcó hace dos años la estatal China National Offshore Oil Corporation. El ejemplo hace escuela y la compañía surcoreana Daewoo Logistics acaba de comprar para los próximos 99 años toda la producción de maíz de Madagascar. En el ranking internacional, la República Popular ya ocupa los primerísimos puestos, prácticamente en todo, pisándole los talones a EE.UU. y a la UE. India, a su vez, ha abandonado su programa de control demográfico y antes de mediados de siglo superará en habitantes a la China. Las consecuencias de esta evolución son como mínimo inquietantes. Mientras en Europa se siguen cultivando las políticas de campanario, Asia se prepara para que el siglo XXI sea su gran siglo. Ya se habla de Chindia, como el gran espacio común que puede contribuir, por ahora, a un nuevo y espectacular crecimiento mundial. Ahí está el reto de esta crisis; el desafío de Occidente.
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