VÍDEO: J. ESTEBAN / G.F OLIVEIRA
Actualizado Jueves, 28-05-09 a las 16:11
Después de haber acudido ya a una docena de entrevistas, explica que «en cuanto ven que te acercas a los cuarenta ya se echan un poco para atrás». Esto es lo que en carne propia experimenta Miguel Ángel después de seis meses intentando encontrar una segunda oportunidad, después de que la empresa de material eléctrico en la que trabajaba le pusiera de patitas en la calle. La coyuntura económica no le perdono ni a él ni a muchos otros de sus compañeros.

Una desgracia especialmente inoportuna. No hacía dos meses que había firmado la hipoteca de la casa en la que habita junto a su mujer cuando le comunicaron su despido. 960 euros mensuales durante 25 años. Frente a tan gravosa y duradera deuda, 16 meses de subsidio cobrando 900 euros.
Carteles de «Se alquila» por todas partesPese a que los pronósticos respecto a la evolución de la economía siguen siendo de lo más pesimista, Miguel se manifiesta «seguro» de que va a encontrar un empleo. Apenas unos días antes de que nos encontráramos con Miguel, el premio Nobel de Economía, Paul Krugman, vaticinaba que España saldrá del agujero con mucha tardanza respecto a los países de su entorno y pintaba un panorama mucho más sombrío del que reconocen desde el equipo de Zapatero.

Pero Miguel, un tipo que tiene en los carnavales una de sus principales aficiones, insiste en que saldrá de esta. Ha hecho varias entrevistas de trabajo y está preparando unas oposiciones a la Administración de Justicia. El optimismo y el buen humor son dos buenos aliados de este madrileño. Comenta con sorna que «ahora soy amo de casa», en alusión al tiempo que ahora pasa en el piso por el que él y su pareja se han empeñado, pero la situación le ha forzado a plantearse algunas amargas cuestiones vitales: «Estábamos planteándonos tener un hijo, pero claro, tener un hijo es muy caro».
En los bloques en los que está el piso de Miguel Ángel se condensan todos síntomas de la parálisis que está corroyendo el tejido económico español. La mayoría de esas flamantes viviendas de reciente construcción que se pusieron a la venta en Pinto, localidad situada a unos vente kilómetros de Madrid, languidecen a la espera de unos compradores que no llegan, una eventualidad que la constructora no previó cuando se embarcó en una más de las muchas promociones inmobiliarias de esos no tan lejanos tiempos de opulencia. Ahora, los pocos vecinos que hay pasean en torno a una piscina sin bañistas bajo decenas de carteles de «se alquila». Un paisaje deprimente para unos tiempos deprimentes.

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