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Sábado, 23-05-09
Hace unos días este diario publicaba un artículo de Charles Grant, Director del Centro para la Reforma Europea de Londres, en el que afirmaba que España pesa poco en Europa.
No es riguroso afirmar que la influencia de España ha menguado. La acción de un Gobierno está siempre sujeta a juicios de valor, pero estos deben basarse en hechos y datos. España siempre ha estado en los principales consensos y a la vanguardia de numerosas políticas e iniciativas europeas. Algunas las cita Grant, como la ciudadanía europea, la política de cohesión o la Estrategia de Lisboa, pero hay muchas otras como el espacio europeo de Justicia e Interior, la nueva Agenda Transatlántica, o la operación «Atalanta» contra la piratería en el Indico, en las que el germen y el continuo impulso español han sido fundamentales.
Esto es así porque, a diferencia de lo que sugiere Grant, la política exterior de España en Europa y en el mundo está apoyada en el estudio objetivo de nuestra realidad, nuestros intereses y nuestras capacidades, y se lleva adelante a través del sólido trabajo que lleva realizando la diplomacia española. Sabemos lo que somos y dónde estamos. En Europa, alcanzamos la plena convergencia, y por lo tanto nuestros intereses se encuentran cada vez más alineados con la corriente central europea, en la que participamos decididamente para definir los grandes consensos. En el mundo, somos una «potencia media» imprescindible en regiones tan importantes como el Mediterráneo, África o América Latina, y un referente económico, financiero y cultural ineludible, participando en las reuniones del G-20 para construir una nueva gobernanza económica y financiera global.
En la UE actual, la capacidad de influencia de un Estado se mide en momentos decisivos. Desde el año 2004, España ha vuelto al corazón de la UE, a liderar y a construir nuevas coherencias en una Unión a veintisiete. Hablamos de una UE plural y compleja, donde el hiper-liderazgo ha dejado paso a formas de cooperación, generación de consensos y decisión más laboriosos, más elaborados, menos visibles, pero donde el peso no se mide en batallas ganadas a los demás en defensa de lo de uno, sino en el beneficio del conjunto de la Unión.
Fue precisamente Zapatero quien levantó el veto de su predecesor al Tratado Constitucional, y convocó el primer referéndum de ratificación, y, tras el fracaso del Tratado Constitucional, España jugó un papel decisivo en apoyo del Tratado de Lisboa aunando apoyos para el acuerdo.
España lidera además, importantes políticas e iniciativas europeas, como el «enfoque global sobre inmigración», que ha dado como resultado la adopción del Plan Europeo de Inmigración y Asilo en el Consejo Europeo de otoño de 2008.
Hemos cosechado notables éxitos, como la elección de la ciudad de Barcelona para ser la sede permanente del Secretariado de la Unión por el Mediterráneo, todo ello con el apoyo del resto de socios europeos. España, ha sabido defender sus legítimos intereses en los momentos decisivos, como en la «madre de todas las negociaciones europeas», las actuales perspectivas financieras 2007-2013, donde consiguió mantener su saldo neto positivo con relación a la propuesta original de la Comisión.
En definitiva, España está más que satisfecha con su trayectoria, peso y potencial en el seno de la UE.
Durante el primer semestre de 2010, España asumirá además importantes responsabilidades. Presidirá el Consejo de la UE en un momento complejo pero apasionante. La Presidencia española de la Unión será uno de los instrumentos esenciales -si no el que más- para influir en el curso de los acontecimientos europeos e internacionales, debiendo responder a los problemas de la Unión y proyectando al exterior la imagen y las capacidades de España.
Lo haremos en equipo, con Bélgica y Hungría, representando al conjunto de la UE en el mundo, sin necesidad de sobreactuar para demostrar nuestro peso, ya que España, está firmemente comprometida con una Unión fuerte y sólida y representa bien el papel que le corresponde tanto en Europa como en el mundo.
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