Martes, 19-05-09
No sé si ustedes conocían al poeta Ángel González. Su verso y palabra, «Mañana no será lo que Dios quiera», revelaba una mezcla de filósofo clásico y de anciano del lugar, de superviviente estoico que lo vio y contó todo, mientras pedía una última copa para no dar por terminada la noche que de manera inevitable se perdía por la grieta rojiza del amanecer. Detrás de su barba larga escondía un mentón demasiado corto y una vida demasiado larga. Apenas conoció a su padre, porque murió cuando él no había llegado a cumplir los dos años. Un Ángel ferazmente humano creció sin las enseñanzas directas de uno de los mejores pedagogos asturianos de principios de siglo XX.
Durante mucho tiempo Ángel González y Luis García Montero grababan conversaciones, «sobre todo en verano cuando su mujer y él bajaban a la playa a estar con nosotros, y yo le preguntaba sobre su familia, sus antecedentes, su padre, su Oviedo». Un verano, en Rota, bajó Ángel González, con su mítica barba blanca, a bañarse a la piscina y «cuando estaba entrando oímos -recuerda García Montero- que un grupo de niños, mi hija con ellos, anuncia: «¡Se está bañando Aristóteles!». Con su barba blanca los niños le confundieron con Aristóteles, y el pobre Ángel se dio la vuelta, se vistió y dijo que no se volvía a bañar». Antes de que Ángel González muriera, Luis García Montero comenzó a escribir «Mañana no será los que Dios quiera» (Alfaguara), recuerdos de un Ángel fieramente humano que revive desde la mirada de niño que fue. «Una biografía puede decir cómo su hermano murió y cómo él le tuvo que dar la noticia a su madre. Pero yo he querido reflejar la emoción con la que Ángel siguió viviendo esa terrible escena y cómo se recordaba recorriendo la calles de Oviedo, acercándose a su casa, muy lento, paso a paso, porque se le caía el mundo encima al saber que tenía que darle la fatal noticia de su hermano muerto a su madre. Ángel es el caso único de poeta del 50 que vivió la Guerra Civil en el bando de los perdedores y pagó una altísima factura: la muerte del hermano, el exilio de otro, el castigo de la madre y de la hermana, y lo tenía muy presente», explica el catedrático y poeta, que vuelca toda la ternura, admiración y amor a Ángel en «Mañana no será lo que Dios quiera».
«Ángel no olvidó, pero él quería ser leal a sus valores, a sus recuerdos, y así uno de sus títulos más significativos es «Sin esperanza, con convencimiento». A los once años el cristal de sus sueños se rompió, pero siguió defendiendo con convicción sus valores. Su poesía no es pesimista, es lúcida». Como sus anécdotas. Recuerda García Montero una estupenda que le acaeció en el Campo del Moro: «Dos sinvergüenzas intentaron robarle a Ángel el reloj que le había regalado su madre, y que ella estaba pagando a plazos. El reloj se perdió, detuvieron a un ladrón y el comisario de Policía le quería abrir una ficha de homosexual por estar en el Campo del Moro a esas horas. Ángel recordaba que Gil de Biedma se reía de él diciendo que «uno de los pocos no homosexuales de la Generación es el único que tiene abierta ficha de homosexual». El reloj se pierde, sigue marcando las horas, hasta que la cuerda de-saparece. Para mí eso es la literatura: evitar que se pierdan los recuerdos» de un Ángel que habitó la poesía.

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