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Tras más de un siglo de pruebas, ya nadie duda de que el cine es un medio de transporte, quizás el mejor y más seguro. Es verdad que a veces te subes a una película y no te mueves ni un centímetro, o lo contrario, te envía de inmediato hasta el infinito. Ayer, en Cannes, ocurrieron las dos cosas: nada en la filipina a competición «Kinatay», de Brillante Mendoza, y todo en la española fuera de competición «Ágora», de Alejandro Amenábar. El chino Johnnie To, santón del género de tiros, también presentó una a competición, «Venganza», que te llevaba como muy largo a la esquina.
Te cinetransporta al siglo IV
Y tenía que ser «Ágora» un gran medio de transporte porque se ha hecho esperar más que un avión de Iberia. Llegó. Y merecía la pena la espera. «Ágora» te cinetransporta hasta Alejandría, durante el siglo IV, cuando aún se expedían carnet de socios en su magnífica Biblioteca, y se centra en un personaje real y fabuloso, Hipatia, maestra, filósofa y mártir de la ciencia en aquella sociedad en la que los odios religiosos, las matanzas, las venganzas eran tan brutales y sanguinarias que nadie podía sospechar que diecisiete siglos después aún quedara por allí gente viva para seguir matándose por los mismos motivos.
Los ojos del espectador lo primero que descubren con sorpresa en «Ágora» es que la cámara está allí, en Alejandría y en esa época: la biblioteca, los edificios, la ciudad, las calles, las gentes, el mar...; con una muñeca narrativa impresionante, la película te introduce de inmediato en la complejidad política, social y religiosa del momento, conoces y reconoces al primer golpe personajes y relaciones, estás allí. Esto, que parece lo normal, es por completo anormal en el cine supuestamente de ahora, cuyo mayor logro es mantener al espectador fuera e ignorante si es posible hasta el final.Y naturalmente, esta precisión y voluntad narrativa, además de parecer normal parecerá incluso fácil.
La franca mirada de Rachel
Hipatia es Rachel Weisz, una actriz que ennoblece el primer plano y con una mirada tan franca que se acepta de buen grado que hable de Plotino o que busque en el círculo el modo de relacionar infructuosamente a la Tierra con el Sol. Es, lógicamente, una mujer «reconstruida» para que llene la gran pantalla y para que cualquiera se quede prendado de ambas, es decir, que el guión modifica algunos detalles de su historia aunque probablemente conserva su esencia, y en todo caso es quien le procura a «Ágora» su toque de polémica al fijar en ella el punto de vista: ella, que entonces se la llamaría pagana, pero que ahora sería una simple descreída.
Aquel cristianismo agresivo del emperador Teodosio, cruzado con la radical tendencia del patriarca copto Teófilo, la presencia de los judíos, el cierre progresivo a cualquier idea que mirara más a las matemáticas o la astrología que a esa idea en construcción de Dios (que luego aún tendría andamios más siniestros en la Edad Media)..., todo eso embadurnado por el puro e intolerante hoy en día, que no aparece pero se intuye su peso, es tratado por Amenábar con gran lucidez, dejando que sus personajes (casi todos históricos, salvo el del esclavo Davus que introduce un perfil romántico) se expresen, unos con palabras rencorosas, otros a cantazos, puñaladas, y dejando sobre todo en el espectador un sentimiento de frustración genética, de especie, de individuos que no han aprendido en milenios algo tan sencillo como a no matarse en el ágora.
Casi dos horas y media después de emprender el viaje, Amenábar te devuelve a tu lugar y tu época, que no se parecen en absoluto a aquella, salvo que te pares un momento a mirar a tu alrededor.
El señor Brillante
Se vieron, también, dos títulos a competición, la china «Venganza», de Johnnie To, y la filipina «Kinatay», de Brillante Mendoza. La moneda nos indica que empecemos por el señor Brillante, que ya nos mostró lo mate de su cine aquí en Cannes el pasado año con «Serbis». Ayer, al ver la nueva se añoraba aquella; es decir, que Brillante va a menos aunque parezca complicado. «Kinatay» es un elogio al vacío, a la nada, con una cámara que sigue a un personaje hasta su boda civil; luego, como si llevara la cámara en el bolsillo, se enfrasca en un eterno viaje en furgoneta con unos cuantos tarados, los cuales a la hora y media se revelan como tales al descuartizar a una prostituta. Nada de lo que ocurre tiene un motivo que deba saber el espectador.
Johnnie y Johnny
La de Johnnie To, «Venganza», era como todas las películas de este hombre, o quizá un poco más flojilla. Tiene su pizca de cosa el ver a Johnny Hallyday y su rostro como las Montañas Rocosas intentándonos hacer creer que es Costello, un chef parisino y un matón con golpes de amnesia. «Venganza» no es más que un juego, un film de acción, munición y extremaunción, y que responde a lo que su público espera de «Juani To».
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