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Domingo, 17-05-09
Es miércoles, atardece y la catedral de Malabo, la capital de la República de Guinea Ecuatorial, está abarrotada de gente. Es un limpio y cuidado edificio lleno de luz, y muy aireado. Yo soy el único blanco y me siento como en mi casa, he aquí la magia que tienen algunos templos. La media de edad de los asistentes no superará los treinta años. El colorido exuberante de las indumentarias y los cantos religiosos africanos se mezclan con una imaginería «naïv» y el retrato enorme de Benedicto XVI pegado al púlpito.
Aquí, efectivamente, no hay ninguna de esas estrellas que se pasean por África para aplacar sus conciencias, ni están presentes las ONG, esos negocios montados, tantas veces, sobre el sufrimiento ajeno, y nadie se plantea, ni en contra ni a favor, si usa o no preservativo, ese maniqueo debate inventado por las empresas francesas, alemanas y belga-holandesas que los fabrican. Aquí la vida se da por supuesta.
El cura se refiere a la reciente visita del Papa a Israel, a la paz y a la salud. Todo el mundo escucha con atención. Guinea Ecuatorial es un país pacífico donde se respira el ansia de progreso, derivado de su inmensa riqueza energética, y el respeto a la tradición africana y española.
Los últimos viajes del Papa, el más importante líder espiritual del mundo, al continente negro primero y, ahora, a Oriente próximo, han dejado un reguero de mensajes sobre la salud y la paz muy bien construidos. Benedicto XVI no dice lo que le atribuyen algunos titulares manipulados. En África, su discurso sobre el sida y la salud fue muy similar al de la presidenta de Liberia, primera mujer africana jefe de Estado. Y en Israel se abrazaron las religiones del libro y se condenó, sin paliativos, el antisemitismo. ¿Qué es, pues, lo que tanto molesta a algunos?
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