Los Príncipes de Asturias celebran el próximo 22 de mayo el aniversario de su boda. Cinco años después está consolidada la continuidad de la Dinastía. Don Felipe no puede ocultar que es un hombre feliz y la Princesa cumple con sus responsabilidades de forma impecable
Actualizado Domingo, 17-05-09 a las 09:06
La Princesa de Asturias sí ha cambiado en estos cinco años. Ahora ya tiene tan interiorizada su condición que cumple con sus responsabilidades de forma impecable. Pero Doña Letizia, la persona, sigue siendo la misma. Más madura, más serena, algo más contenida, pero la misma. Al Heredero de la Corona, sin embargo, le ha ocurrido al revés: el Príncipe es el de siempre, pero Don Felipe ha cambiado. No sólo ha dado a conocer aspectos de su personalidad, como su sentido del humor, que antes únicamente conocían los muy próximos, sino que ahora es más abierto, más cercano y más afectuoso. Desde que hace cinco años y medio entró en su vida la normalidad y la frescura de la Princesa, al Heredero de la Corona se le ve feliz.
Como Príncipe sigue siendo el de siempre: un hombre con gran capacidad de trabajo, alto sentido del deber y entregado al servicio de los españoles. Un hombre transparente, sereno, reflexivo y prudente, alejado de cualquier dogmatismo o radicalidad. De su boca será difícil escuchar un juicio precipitado y sus decisiones son fruto de una profunda meditación.
Él siempre estuvo convencido de que Doña Letizia reunía condiciones para ser Princesa de Asturias y ahora el tiempo ha demostrado que su decisión fue acertada, aunque el perfil de la mujer de la que se enamoró no fuera el esperado. Ya nadie pone en duda las palabras que Don Felipe pronunció el 3 de noviembre de 2003, en el jardín de su casa, cuando presentó a su prometida: «Tengo la seguridad de que Letizia reúne todas las cualidades y capacidades necesarias para asumir las responsabilidades y las funciones como Princesa de Asturias y como futura Reina de España».
Si se les preguntara a los Príncipes sobre su aniversario, el balance sería inmejorable. En el plano personal, su relación es la de una pareja enamorada que, después de cinco años de convivencia, vive su mejor momento y que disfruta, día a día, al ver crecer a sus hijas, las Infantas Leonor y Sofía, mucho más deprisa de lo que nunca se hubieran imaginado. Para hacernos una idea, hasta la propia Leonor dice ya «cuando yo era pequeña...», y el próximo septiembre Sofía empezará a acudir a la guardería.
En el plano institucional, Don Felipe y Doña Letizia forman un equipo integrado, comprometido con el servicio a España y siempre dispuesto a acudir cuando se les requiere. Desde el primer momento, incluso antes de que contrajeran matrimonio, y como venía haciendo el Príncipe cuando estaba soltero, han compartido los problemas de los españoles y, en los últimos meses, se están volcando con los sectores más afectados por la crisis económica.
Desde que se anunció el compromiso, la Princesa ha asistido ya a más de 600 actos oficiales públicos, la mayor parte de ellos acompañando al Príncipe, que suele acudir a una media de 377 cada año. Nada queda ya del nerviosismo de su primer acto institucional con la Familia Real, el XXV aniversario de la Constitución, al que asistió cuando apenas llevaba un mes viviendo en el Palacio de La Zarzuela y aún le quedaban cinco meses para convertirse en Princesa de Asturias.
Y es que, salvo unas clases de inglés, que le impartió el prestigioso preparador de diplomáticos Michael Howitt, la Princesa prefirió aprender con la experiencia de cada día. Cinco años después, la única asignatura pendiente de Doña Letizia, a pesar de todos sus intentos por evitarlo, es que se sigue hablando más de su ropa, sus complementos o sus gestos que de su trabajo como miembro de la Familia Real. La Princesa es portada de las revistas cuando estrena y cuando repite modelo, algo que en los últimos meses de crisis económica ocurre con mucha frecuencia.
Durante todo este tiempo —así lo ha repetido ella en numerosas ocasiones—, ha contado con el «ejemplo impagable» de la Reina, cuyos consejos sigue. Pero con el paso de los años, ella ha desarrollado un estilo completamente personal de ser Princesa, que la mantiene a distancia de la Reina y sin hacer sombra al Príncipe.
Aparte de la actividad institucional pública, Doña Letizia empezó a finales del año pasado a realizar una serie de visitas privadas, sin presencia de los medios de comunicación, como la que hizo poco antes de Navidad al Hospital de La Princesa, donde saludó, habló y bromeó con cada uno de los niños que estaban hospitalizados en la planta de Oncología Infantil.
Carta de agradecimiento
Esa visita nunca se hubiera conocido si no llega a ser porque días después el padre de una de las niñas ingresadas la desveló en una carta de agradecimiento publicada en ABC. Aquella visita no fue un hecho aislado y, posteriormente, la Princesa acudió a un comedor social de Madrid, donde conoció de cerca la dura realidad de las personas sin recursos o afectadas por la crisis. También la Reina ha realizado en privado este tipo de visitas solidarias. En otros países, como Estados Unidos o Reino Unido, tanto el presidente Obama como los miembros de la Familia Real británica aparecen, de cuando en cuando, en centros solidarios o arreglando ellos mismos viviendas sociales, y nadie les tacha de demagogos. Pero en España los miembros de la Familia Real prefieren evitar unas imágenes de ese tipo.
«Dos bendiciones del Cielo»
Cinco años después de su matrimonio, la Princesa es muy consciente de que no puede pedir más a la vida: vive con un hombre al que quiere, cree que sus hijas son «dos bendiciones del Cielo» y le encanta lo que ella califica como su «trabajo». Le gusta tanto, que no echa nada de menos el periodismo. De todas formas, ahora como Princesa muestra predilección por las áreas que más le interesaban cuando ejercía como periodista: la sanidad y la educación. El contacto frecuente con el sufrimiento, la enfermedad y el dolor, a través de las asociaciones de afectados que recibe y las instituciones que visita, hace que cada vez valore más la salud de sus seres queridos.
Cuando la Casa del Rey anunció que Doña Letizia empezaría a desarrollar su agenda en solitario, dentro de las áreas tradicionales de la Corona, la Princesa mostró interés por la infancia y la juventud. Así empezó a centrarse en niños a partir de cinco o seis años hasta los diecisiete o dieciocho, un grupo de población en el que ella «arrasa», sobre todo con las niñas, pues se ha convertido en la referencia de muchas de ellas. Cuando acude a un acto, la Princesa se lo prepara concienzudamente con antelación y, sobre la marcha, se aprende de memoria los nombres de los niños o jóvenes con los que habla, les pregunta, se interesa por sus problemas, bromea con ellos, a veces les aconseja y consigue establecer una relación próxima y cercana con la generación de españoles que será adulta cuando Don Felipe y Doña Letizia sean Reyes.
Encajar las críticas
En estos años en los que se ha convertido en el foco permanente de atención, la Princesa también ha aprendido a encajar las críticas. El Príncipe lo hizo mucho antes, cuando ni siquiera la conocía. Además, han ido cayendo por su propio peso los rumores y las maledicencias, de las que no se libraron ni siquiera sus hijas, propagadas desde algunos sectores minoritarios tras el anuncio del compromiso y durante los primeros años de matrimonio. Aunque la Princesa es perfeccionista, es una mujer inteligente, con personalidad y con los pies en el suelo y se ha dado cuenta de que no puede agradar en todos los aspectos a los 45 millones de españoles. A ello le ha ayudado mucho su felicidad personal, que ha tejido una especie de coraza que la protege de algunos comentarios insidiosos.
Pegada a la realidad
Esa es su única burbuja, porque la Princesa sigue tan pegada a la vida real como cuando tenía que pagar la hipoteca de su apartamento o hacer cola para renovar el pasaporte. Además, se empeña en seguir haciendo una vida lo más normal posible y no renuncia a ir personalmente a unos grandes almacenes a una hora de poca afluencia cuando quiere hacer compras para ella o para las niñas, como tampoco renuncia a llevar a las pequeñas a algún parque público, a todo tipo de espectáculos infantiles y a tomar algo después. Cuando no las acompaña el Príncipe, a Doña Letizia y a las Infantas les resulta mucho más fácil pasar inadvertidas, pero cuando les reconocen suelen encontrar un público amable que procura dejarles disfrutar de su «escapada».
Ambos son conscientes de que son Príncipes las 24 horas del día, y así lo han demostrado con su disposición permanente y total cuando la actualidad —dramática en la mayoría de las ocasiones— ha requerido su presencia de forma inmediata e imprevista. Pero los dos creen también que toda familia necesita parcelas de intimidad: «Queremos alcanzar el necesario equilibrio entre lo público y lo privado, entre las obligaciones —que lo son de por vida— y la legítima y necesaria vida familiar; sabiendo que nuestro trabajo requiere una serenidad, una dedicación, una constancia y una mesura tales que permitan hilar el tiempo político con el tiempo humano», afirma el Heredero de la Corona.
Desde que nacieron las niñas, el cuidado de sus hijas es el principal cometido de la Princesa, seguido de acompañar al Príncipe y de atender a su propia agenda institucional. El objetivo de los Príncipes es que las Infantas lleven una vida lo más normal posible, sin privilegios y sin exclusiones; que hagan exactamente lo mismo que sus compañeros de colegio y los demás niños de su edad. Como todos los padres, enseñan a sus hijas a dar las gracias, a pedir las cosas por favor, a no levantarse de la mesa sin permiso y a recoger ellas mismas lo que desordenan.
Sus padres procuran buscar el equilibrio entre esa normalidad y su condición de miembros de la Familia Real. Para ello, Don Felipe tiene muy en cuenta la experiencia de su propia infancia, aunque sus circunstancias eran muy distintas a las de sus hijas, ya que cuando él era niño el acoso mediático no era tan intenso como en la actualidad, ni existían los teléfonos móviles con cámaras ni mucho menos Internet, donde se mezclan sin control alguno las informaciones serias con los rumores más disparatados.
La Infanta Leonor pregunta
Aunque las niñas todavía son muy pequeñas —Leonor tiene tres años y medio y Sofía dos—, poco a poco van tomando conciencia de su condición de miembros de la Familia Real. Por ejemplo, en las ocasiones en que la primogénita ha posado ante los fotógrafos o el público, ha preguntado «¿quiénes son esos señores?», y los Príncipes han aprovechado para explicar a la niña que sus abuelos son los Reyes y a qué se dedican sus padres. Quieren que, en el futuro, sus hijas hablen, además del español, inglés, catalán, vasco y gallego. Pero Leonor todavía está en la edad de jugar con plastilina o con el ordenador, con el que ya se maneja con juegos interactivos para niños.
Con las dos Infantas no sólo está garantizada la continuidad de la Dinastía, sino que además los Príncipes tienen la vida llena. Ellos pertenecen a la nueva generación de padres jóvenes y sólo delegan en cuidadoras cuando no les queda otra opción.
También Doña Sofía prefería llevar personalmente a sus hijos al colegio cuando éstos eran pequeños y ocuparse de su cuidado, pero en aquellos años no era tan difícil como ahora conciliar la agenda de la todavía Princesa con la vida familiar. El caso es que Doña Letizia ya no tiene tiempo para casi nada más, ni siquiera para ver la televisión y, cuando dispone de unas horas, salvo que hayan quedado con unos amigos —los de siempre, tanto de él como de ella—, las dedica a ir al cine con el Príncipe. Ambos prefieren acudir a las salas públicas antes que ver las películas en casa.
No hace falta preguntar a los Príncipes para saber que sí se ha cumplido el deseo expresado hace cinco años, nada más convertirse en marido y mujer: «Es también muy importante que sepamos encontrar el uno en el otro el remanso necesario para reflexionar, disfrutar y compartir todo aquello que nos hace crecer como personas, enorgullecernos y sobrellevar la intensidad de nuestras vidas».














