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Domingo, 17-05-09
Llegó, soltó su nueva retahíla de medidas, pero no triunfó. Y no lo hizo porque el presidente del Gobierno no termina de reconocer que España está al borde del abismo, con una caída en picado de la actividad económica, un paro galopante y un déficit que provoca fiebre de cuarenta grados. Y como no reconoce cuál es la situación, tampoco toma las medidas que a gritos reclama la economía. Es la pescadilla que se muerde la cola, parches y más parches y cero reformas estructurales. Eso sí, mucho, mucho gasto público que llevará, si nada lo remedia, a un déficit público superior al 10% del PIB el año próximo.
Las recetas exhibidas por ZP en el debate sobre el estado de la Nación no convencieron porque volvieron a ser más de lo mismo, altas dosis de improvisación, desorden y esta vez alguna réplica casi exacta de medidas defendidas y reclamadas por el PP desde hace meses sin ningún éxito. Véase las ayudas a las pymes o las subvenciones directas a la compra de automóviles con las que dinamizar un sector que está en alerta roja. Todo aderezado con los guiños sociales que tanto le gustan al presidente y que en momentos de crisis no parece que procedan. Los ordenadores para todos los niños de 5º de educación primaria bien podrían esperar para dar paso, por ejemplo, a la reforma en profundidad que a gritos reclama la enseñanza en España.
No olvidó el presidente alguna medida polémica donde las haya, como la supresión de la deducción por compra de vivienda a partir de 2011 para rentas superiores a los 24.000 euros. Fue la amenaza hecha realidad que días antes del debate profirió la secretaria de organización del PSOE, Leire Pajín, sobre la subida de impuestos a las clases altas. Ahora bien, si el límite de ganancias para ser considerado clase alta en este país son 24.000 euros, apaga y vámonos.
Y «Donde digo digo, digo Diego». Si algo hay que reconocer al mago Zapatero es que consiguió descolocar a la oposición. Volvió a jugar al desconcierto y tras semanas de calentar los motores sugiriendo que se adoptarían nuevas ayudas a los parados, los más maltratados sin duda por la crisis, ni se refirió a ellas, como tampoco a las pensiones y a su sostenibilidad futura del sistema, puesta en cuestión desde diversos foros, incluso desde dentro del mismísimo PSOE. Suspenso, presidente.
Es verdad que resulta muy fácil establecer juicios a toro pasado, y que una de las cualidades más decisivas en el mundo económico es la capacidad de anticiparse a los acontecimientos precisamente porque muy pocos poseen esta cualidad. Pero no lo es menos que cuando un animal tiene forma de perro y ladra como un perro, suele ser un perro. Y el mercado inmobiliario llevaba ya años dando signos de que iba a acabar como ha acabado: porque los tipos empezaban a subir, porque los precios del suelo se habían disparado hasta niveles inconcebibles, porque todos pensábamos quién podría comprar los pisos de esas nuevas ciudades que se estaban construyendo antes de saber si alguien iba a vivir en ellas. Llevábamos años anunciando la explosión de la burbuja inmobiliaria y, finalmente, parece que esta explosión ha pillado desprevenido a todo el mundo.
Algunos, muy pocos, supieron apartarse a tiempo antes de que el «crash» se los llevara por delante. Otros, la mayoría, siguieron confiando a ciegas en que todos los pisos que construyeran se iban a vender. Ahora estamos con casi un millón de viviendas nuevas vacías y un problema, fruto de los excesos, que lastrará a la economía española hasta que no se solucione.
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