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Publicado Jueves, 14-05-09 a las 11:11
Ahora sí. Ahora sí, Antonio, que se acaban los 80, los dulces y atrevidos y locos 80. No han sido las blackberrys, ni los blue-rays, ni los iphones, ni siquiera la música enlatada en ipods. Lo que acaba definitivamente la década prodigiosa es la certeza de que ya no volveremos a escucharte tocar "Chica de Ayer" nacida de tu mágico punteo, auténtico himno de una generación que ahora, más que nunca, ve esfumarse, a los cuarenta y tantos, los últimos segundos de su juventud. Para siempre.
Te vas, supongo, al sitio de tu recreo, con Marga, Enrique, Risi... Ellos también lucharon. A su manera, claro, porque cada uno tiene su razón.
Y es que éramos, Antonio, verdaderos kamikazes de los 80, y vivíamos sin controles de alcoholemia ni límites de velocidad -ni en la carretera ni en la vida- ni noches sin concierto. Ávidos por descubrir los límites de la libertad, arriesgamos, sí, queriendo enterrar el período oscuro del dictador a albadonazos de notas mágicas, como si vivir al máximo, con aún màs magia que precisión, fuera nuestra mayor venganza, ésa contra la que él nada podía hacer. Jugamos valiente, sí, sin valorar demasiado que, algún día, podríamos ser, seríamos de hecho, nuestras propias víctimas.
No puedo ahora evitar recordar aquella tarde que, a la redacción del periódico, llegó un teletipo que anunciaba el primer gran declive ochentero: había muerto Freddy Mercury. Aquello dolió. Esto también. Perder prematuramente la gran Lucha de Gigantes, la que enfrenta a uno en sus verdaderos máximos, en su mayor y más definitiva pelea a la diosa Muerte, al menos tiene de positivo que, aunque no podamos escuchar tu voz, alimentaremos el mito. Y crecerá. Y perdurará, para felicidad futura de las generaciones que veneraràn al gran Antonio Vega.
Los 80, estirados por el fascinante talento de ese chico triste y solitario que nunca lo fue, por su brujería blanca y hechizante, concluyen ahora, en pleno mayo de 2009, helándonos el corazón de hierro, y de seda, en una décima de segundo que nos deja, por los tiempos, desorientados en una habitación desordenada, muy desordenada, persiguiendo una única sombra que, más que difuminarse, con el tiempo el conquistador, como lo llama estos días Jackson Browne, no hará sino elevarse hasta el cielo Azul.
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