Martes, 12-05-09
HOMBRES eminentes no nos faltan hoy como no nos han faltado nunca -escribió Galdós en su día-, pero lo difícil aquí es crear grandes conjuntos. Dos días de debate parlamentario sobre el estado de la nación no van a orquestar algo nuevo; si acaso, subrayarán las cacofonías. Permanecemos sin grandes conjuntos, carentes de impulso, atribulados por la recesión y a la vez sin voluntad de horizontes definidos. Es un momento como para que la palabra y su significado vibrase en la Carrera de San Jerónimo en nombre de las alternativas y los modos que se contraponen en el hemiciclo. No hay por qué lamentar sistemáticamente que en la vida parlamentaria de hoy el procedimiento pase por delante de la oratoria, pero la crisis requiere que el lenguaje esté a la altura de las circunstancias. Este debate sobre el estado de la nación no es una jornada cualquiera.
No es que la sociedad escuche con mucha atención la voz de su parlamento. A menudo se juzga la vitalidad parlamentaria por el anecdotismo; a veces, por su talante tan rutinario. Incluso en el Parlamento de Westminster -madre, según decimos, de todos los parlamentos- hay un escándalo sobre justificaciones de gasto por parte de parlamentarios laboristas, y también conservadores. Los laboristas nunca anduvieron tan escasos de popularidad desde 1943. Alan Duncan, diputado «tory», cargó los gastos de su jardín a cuenta del contribuyente. Una crisis del sistema parlamentario sería el peor condimento de la recesión económica. Ya veremos en qué baja participación -sobre un voto del 34 por ciento- se dirimen los escaños del europarlamento, con gran mengua de representatividad. La crisis económica se engulle todo el debate electoral, en clave inevitablemente nacional.
Zapatero subirá a la tribuna después de haber ido a la perrera municipal a escoger el dóberman de dientes más afilados para representar al PP. Le habrá puesto un collar de castigo con pinchos neoconservadores. Sigue empeñado en decir que un Bush jr. inspirado por los «neocon» tiene la culpa de los cuatro millones de parados en España. El domingo en el mitin de Vistalegre, dijo: «Menos ladrillos, más ordenadores». El eslogan contrasta con la nimia aportación del gobierno socialista a las políticas de I+D. En realidad, contrasta con prácticamente todo lo que Zapatero no ha venido haciendo, además de negar la existencia de la crisis.
En el mitin dominical de Vistalegre, el presidente del Gobierno enseñó la garra al PP. Va a intentar soltar al dóberman en sus intervenciones parlamentarias de hoy y mañana. Seguramente dará anuncio a más políticas de gasto público frente a una derecha que -a su parecer- perpetra constantes atentados contra los derechos de los trabajadores. Así es como pretende solventar su falta de sostén parlamentario: lo reconstituirá sobre un bloque de izquierda. Zapateristas del mundo, uníos.
Ayer «The New York Times» explicaba cómo en las escuelas militares norteamericanas ya se trabaja más en hipótesis de ciberataques con virus informáticos que con respuestas a ofensivas de estrategia tradicional. Eso debiera extrapolarse a la política, si es que la política y su formulación parlamentaria se exigen estar a la altura de la crisis compleja que vivimos. Hay que adelantarse en la adaptación del lenguaje político a las realidades económicas, sociales y morales que nos depara la recesión. Uno no responde a la penetración de valores tóxicos como si fuera un simple catarro. De lo contrario, esa nueva toxicidad acabaría con el lenguaje político. Que se oigan voces eminentes.
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