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Lunes, 11-05-09
La realidad es tozuda y se empeña en demostrar que no tiene remedio. Brawn ha suplantado a Ferrari. Ya no es una cuestión provisional. Ha adquirido el grado de coyuntural y se prevé que pueda abarcar al menos unos meses más, los suficientes para señalar con el dedo a Jenson Button como primer favorito para ganar el Mundial de Fórmula 1. Salvo que los manejos de despachos decreten otra vía o que la bombilla de Ecclestone se encienda para frenar esta vez la hegemonía de un equipo que amenaza con convertir las carreras en un monólogo, el campeonato ha tomado un rumbo único. El que marca la escudería Brawn con su primer espada al frente.
Hay códigos intangibles en la F-1 que han funcionado durante décadas. Valores sólidos que exponen la esencia de este deporte, negocio o lo que sea. Uno de ellos incide en la obligatoria revisión del estado de las cosas en el regreso a Europa. El comienzo del Mundial, allá por Oceanía, el sureste asiático y el desierto, es una moneda al aire. Un brindis al sol de los equipos que ni saben ni conocen el rendimiento de sus coches.
El puzzle se recompone en Europa. Los ingenieros fichan mentalmente las soluciones técnicas de los más rápidos, archivan en su disco duro los progresos aerodinámicos de los demás y aprovechan el tiempo -casi dos meses- para activar piezas en las fábricas. Los grandes invierten más y atajan. Europa es siempre un antes y un después.
Siempre, menos este año. Brawn sigue al frente del Mundial de los pobres. Y constatando una solvencia fuera de toda duda. Ayer, en Montmeló, sus dos coches fueron los más rápidos en pista en el goteo del vuelta a vuelta. Sea porque su paso por curva es incomparable (hay dieciséis en Montmeló), sea porque la receta del difusor todavía no ha sido copiada en su integridad o sea porque el equipo vive instalado en un estado de euforia, los increíbles chicos Brawn no bajan el pistón.
Enchufados al Mundial por una corriente eléctrica, los Brawn salieron de cine. Barrichello, primero, y Button, segundo, antes de que una excursión de Trulli por la hierba condenase a cuatro coches a la retirada y diese trabajo al inevitable Bernd Maylander, el conductor del coche de seguridad.
Salida accidentada
Alonso también salió de primera, del octavo al sexto por delante de los Toyota. Y por ahí se trataba de defender la posición en un circuito que no ofrece muchas alternativas para los adelantamientos. Es curioso. La GP2 es una ensalada de pasadas, choques, frenazos y demás. Y en la F-1 no suele pasar casi nada.
Barrichello y Button ofrecieron una sinfonía de vueltas rápidas desde el giro 5 al 18, cuando el inglés pasó por la manguera para repostar. Para entonces ya había dimitido Raikkonen, otra vez fuera de carrera -quién le ha visto y quién le ve-. Y para entonces ya estaba ordenado el mediodía: dos Brawn delante, dos Red Bull detrás, Massa recuperando a Ferrari y Alonso.
Los coches pueden ser iguales, pero sólo gana uno. Y en Brawn es Button. El inglés siempre aparece. Con la lluvia, con coche de seguridad, por encima de los accidentes, en una carrera sosa como ayer. Siempre él, fino al volante. Pasó a Barrichello en los garajes y no admitió intromisiones.
Alonso refrescó la tarde con el quinto puesto, después de otro despropósito táctico de Ferrari. Massa se quedó sin gasolina (le echaron cinco litros menos) para terminar al ritmo que llevaba y tuvo que dejar que Vettel y Alonso le adelantasen. Del cuarto al sexto en un ridículo epílogo.
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