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Las Ventas
Viernes, 8 de mayo de 2009. Segunda corrida. Tres cuartos. Cinco toros de Gerardo Ortega, desiguales y serios; con genio y sin poder; y uno de Sepúlveda (5º), manso y parado.
Antonio Barrera, de verde manzana y oro. Estocada contraria atravesada (silencio). En el cuarto, media y dos descabellos (silencio).
Leandro, de verde oliva y oro. Pinchazo, otro hondo y dos descabellos. Aviso (saludos). En el quinto, pinchazo y estocada muy atravesada (saludos).
Sergio Aguilar, de obispo y oro. Estocada corta y tres descabellos. Aviso (silencio). En el sexto, pinchazo y estocada (ovación de despedida).
Actualizado Sábado, 09-05-09 a las 10:28
Absorto en la lectura de la faena de resurrección de Antoñete en el 65 a «Flor de Malva», que acaba de publicar dentro de los hitos de Las Ventas «6 Toros 6», nos dieron la siete y el golpe de campana de la cruda realidad. La corrida de Gerardo Ortega fue saliendo desigual, en escalera de dos en dos, con descaradas y astifinas encornaduras, así o asao, e igualada por el denominador común del genio, los pitonazos por arriba y la falta de poder en general. Si lo de ayer saca riñones, ruedan cabezas con esa violencia de cuello...
Los tres toreros se partieron, casi literalmente, la cara. Uno puede entender, incluso compartir, el ambiente de acritud que se respira por el ferión que nos han metido por los costillares. Pero nunca se debería trasladar la hosca censura a un trato injusto con un torero, y ayer se produjo una situación agria, o al menos de cruel ninguneo, con Sergio Aguilar. Su seco valor no halló eco. Y no sólo valor. En Madrid siempre hemos pretendido la verdad en el toreo, ¿no? ¿Y se puede estar más auténtico y puro que Aguilar? Y con la muleta más por abajo, sin pegar una encogetá ni una guiñá, ante ese manso y geniudo sexto que embestía tirando cornadas, pegando bocados, dificilísimo de templar con limpieza. ¡Pues se lo pasó cuarenta veces por las espinillas! Y con la zocata, queriéndolo hacer como si fuese una tora. Sergio Aguilar, sí, que ya al tercero le arrastró la muleta por debajo de la pala del pitón, embraguetado con naturalidad, en una serie de derechazos que dejó al personal indiferente. Al toro, que había embestido con mal estilo en el caballo y en capotes, lo convirtió en lo que no era a base de obligarlo. Momentos de alto concepto con la mano izquierda también. Momentos muertos con silenciador.
Leandro Marcos había parado con gusto a la verónica a un bajo y recortado toro de imponente testa que nunca empalmó luego tres embestidas seguidas iguales. Leandro compuso un principio torero, con un pase de la firma bello. Le dio distancia, pero al segundo muletazo las dagas le apuntaron directamente al fajín. Embestía mejor por el izquierdo, y el torero pucelano lo quiso torear con gusto, mas al tercer pase sucedía ídem de lo mismo. Leandro ahí se desorientó un tanto, y se reorientó rápido con la zurda de nuevo para pegarse un arrimón cruzándose de uno en uno. El parado manso parche de Sepúlveda lo volteó en su firmeza de ánimo. Y siguió en pie. Se le ve cambiado, aunque esa espada... Saludó sendas ovaciones desde el tercio.
Antonio Barrera porfió valeroso, y se justificó con creces, con el que estrenaba la tarde, frenado de manos y en constante defensa a cabezazos; ni para eso valió el cuarto, que embestía a arreones en distintas velocidades.
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