Sábado, 09-05-09
La visita del Papa Benedicto XVI a Israel puede constituir un importante impulso para continuar y reforzar el diálogo de cristianos y judíos. A partir de la separación entre la Sinagoga y la Iglesia, las relaciones entre judíos y cristianos se caracterizaron por sus diferencias en concepciones religiosas y por su confrontación teológica. Estas diferencias marcaron en ambos sentidos un prejuicio que pasó de ser fundamentalmente doctrinal a aplicarse a los fieles. De algún modo, el drama de la separación del judaísmo y del cristianismo creó un lenguaje mutuo de desprecio entre judíos y cristianos.
Esa separación, además, cercenó al cristianismo de las raíces que lo alimentaban, debilitando la trayectoria original, que se dirigió hacia otros derroteros. El devenir histórico, tras la posición alcanzada por la Iglesia como religión oficial del Imperio Romano, generó que el intento de conversión de los judíos al cristianismo, inicialmente de tipo dialéctico, se continuara, ante la resistencia ofrecida, a través de la presión política, consistente en la disminución de los derechos personales de los judíos y de la eliminación de su estatuto como ciudadanos. Fue así como en los últimos siglos de la Edad Media la resistencia de los judíos a la conversión se castigó con persecuciones, expulsiones y con un desarrollo práctico y extremo del prejuicio antisemita.
Muy modernamente, al concluir la tragedia de la Shoá, los cristianos comprendieron la necesidad de reconsiderar las posturas que habían mantenido en sus contactos con los judíos, esto es: su política de conversión, el prejuicio antisemita y la disminución de sus derechos ciudadanos. A partir del final de la segunda guerra mundial, las organizaciones protestantes y católicas denunciaron el antisemitismo y fueron modificando los elementos litúrgicos que se referían a los judíos y al judaísmo en términos denigratorios.
En lo que respecta al mundo protestante, es importante la declaración de la asamblea constitutiva del Consejo Mundial de las Iglesias, reunida en Ámsterdam en 1948, que dictaminó que el antisemitismo es «absolutamente irreconciliable» con la fe cristiana, definiéndolo como un «pecado contra Dios y contra el hombre». La declaración continuaba diciendo: «Nuestro Dios nos ha vinculado a los judíos en una solidaridad especial, uniendo nuestros destinos en su designio». En cuanto al catolicismo, este emprendió, a partir de 1965, con el Concilio Vaticano II y con la Declaración «Nostra Aetate», una transformación de sus relaciones con los judíos a través del respeto para estos tal como son, con su fe y sus convicciones religiosas. Constató que a los judíos como pueblo no se les puede imputar culpa alguna, por la «Pasión de Jesús», ni a los judíos de aquel tiempo ni a los posteriores, ni a los de ahora. Deploró «los odios, persecuciones y manifestaciones de antisemitismo de cualquier tiempo y persona contra los judíos». Y se comprometió a promover la comunicación con la comunidad judía. Fue así que nacieron en nuestro país y en todo el mundo las agrupaciones y asociaciones de amistad judeo-cristiana.
La Iglesia era consciente de que el impacto de la Shoá exigía ese cambio, pues en 1975 volvió a recordar que el «Concilio basa sus enseñanzas en circunstancias que se ven profundamente afectadas por la memoria de la persecución y masacre de los judíos europeos durante la segunda guerra mundial».
Desde el lado judío también se tendió la mano hacia el cristianismo, y en el año 2000, se estableció la «Declaración judía sobre los cristianos y el cristianismo», conocida como «Dabru Emet» (Decid la verdad). Asegurando que había llegado el momento de que los judíos respondieran positivamente a los esfuerzos que hacían los cristianos en el sentido de reconocer la Alianza permanente de Dios con el pueblo judío y celebrar la contribución del judaísmo a la civilización mundial y a la misma fe cristiana, más de 170 líderes judíos de todas las ramas del judaísmo firmaron una Declaración con ocho puntos de bases comunes y propuestas.
La declaración constata «un cambio sin precedentes en las relaciones entre judíos y cristianos» desde el Holocausto, y llama a una «respuesta meditada por parte de los judíos» a los recientes cambios de la enseñanza cristiana sobre el judaísmo. Afirma las raíces comunes de ambas religiones, que judíos y cristianos adoran al mismo Dios y que se remiten a la autoridad del mismo texto, la Biblia, al tiempo que reconoce también «diferencias irreconciliables». El texto culmina constatando que «los judíos y los cristianos reconocen, cada uno a su manera, que la situación de no redención del mundo deriva de la persecución y de los agravios que inflingen la pobreza, la degradación humana y la miseria» y propugna que judíos y cristianos trabajen conjuntamente para la creación de un mundo mejor.
Desde una perspectiva cristiana, Juan Pablo II lo expresaría así en Méjico: «Vivimos en un mundo fragmentado que sufre por sus divisiones, pero al mismo tiempo, en un mundo marcado por una búsqueda de la unidad, de la reunificación y de la reconciliación. Debemos seguir este camino. El pueblo judío es nuestro hermano mayor; los cristianos también somos descendientes de Abraham, nuestro padre común en la fe.»
La visita del Papa Benedicto XVI a Israel es una ocasión para que cristianos y judíos renueven su voluntad de concordia y amistad en el mundo y también en España. Judíos y cristianos debemos esforzarnos por encontrar entre nosotros acuerdos y paz. Cristianos y judíos tenemos valores comunes: la dignidad de la persona humana, el valor de la vida, la justicia social, los valores familiares,... No debemos temer la reconciliación. La reconciliación mutua no significa unificación, sino reconocer nuestra herencia común y asumir nuestra responsabilidad común.
Cristianos y judíos, respetando nuestras respectivas identidades, podemos y debemos colaborar para la mejora de la Humanidad. Los judíos debemos ver a los cristianos, no como los perseguidores del pasado, sino como aquellos que, partiendo inicialmente del judaísmo, han seguido una vía diferente hacia Dios, pero que adoran al mismo Dios de Abraham, Isaac y Jacob. Los cristianos deben ver a los judíos como aquellos que han permanecido fieles al mensaje del Sinaí, deben tener presente el sufrimiento judío en la sociedad cristiana, que el Holocausto judío constituye una vergüenza dentro de la historia de dicha sociedad y deben comprender que la supervivencia del Estado de Israel constituye un rayo de esperanza para el judaísmo contemporáneo.
Ambos, judíos y cristianos debemos vernos con una responsabilidad compartida, la de hacer un mundo mejor. Cristianos y judíos, al reconocernos como hermanos, apreciándonos por todo lo que nos une y respetándonos por todas nuestras irreconciliables diferencias, debemos poner nuestro común esfuerzo, por separado y en conjunto, para instaurar la justicia y la paz en nuestro mundo. En ello estaremos siguiendo una voz que a ambos convoca, la de los Profetas de Israel.

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