Con su patético «agur», Ibarretxe ha acreditado que su huida hacia delante secesionista termina allí donde se acaban las moquetas de los despachos. Más que canto de cisne, fue un graznido desafinado acorde con una trayectoria obsesiva y desleal
Ibarretxe desmereció ayer en el Parlamento vasco no sólo el decoro político de las despedidas elegantes, sino también ese lema que, según suele decir, le legó su padre: «lan eta lan», o sea, «trabajo y trabajo». Porque la laboriosidad de quien durante más década ha desbocado el gobierno del País Vasco no va más allá, ya se ve, de las alfombras del que hasta ahora ha sido su despacho en Ajuria Enea. Para el de Llodio, su dedicación a la cosa pública no pasa por ocupar los escaños de la oposición, y, al declararse arrumbado, intenta acuñar en sí mismo el discurso emponzoñado y victimista que ayer esgrimió en la tribuna: la identidad vasca quedará, «como él mismo, aniquilado por una aviesa entente de imperialistas españoles.
Un pretendido argumento para la Historia acorde con su «fenotipo» ideológico de «batzoki» (milita en el PNV desde muy joven) y de profesional de la política, pues, nacido en 1957, en 1983 Ibarretxe, economista de formación, ya tenía sueldo con cargo al erario público y compatibilizaba la alcaldía de su ciudad natal con el acta de parlamentario autonómico. Y quien ahora abomina de los pactos «frentistas» no tuvo empacho más adelante en valerse de los votos de los batasunos (que, como cambian de nombre más que la gripe de estos días, eran entonces «Euskal Herritarrok») para convertirse por primera vez en lendakari en 1999. Llegó al poder, de hecho, catapultado por el pacto de Estella, «aquelarre» en el que el nacionalismo llamado «moderado» se arrimó a ETA para establecer pautas y ritmos en el camino hacia la secesión. Un acuerdo con el que se enterró definitivamente la era de José Antonio Ardanza, figura más moderada con la que fueron posibles los gobiernos de coalición PNV-PSE y finiquitada por su condición de «estorbo» cuando arrancó la deriva separatista.
Y, de hecho, Estella naufragó (al volver ETA al terror), pero nunca se evaporó del subconsciente político del lendakari, que dedicó toda su segunda legislatura a un fin último y casi totémico: la elaboración del «plan Ibarrexte» por el que el País Vasco, decían entonces los dirigentes del PNV con extraordinario cinismo, debería convertirse en un «estado libre asociado como Puerto Rico». Como si en sus planteamientos no pesaran el etnicismo excluyente y la ley vieja («lege zarra») de corte sabiniano.
Fracaso tras fracaso
Rechazado su delirio por el Congreso de los Diputados a principios de 2005, la huida hacia adelante se había convertido ya en la seña de identidad de su ejecutoria por lo que, al no lograr mayoría suficiente en los comicios de ese año, no dudó en arbitrar la creación de un «frankenstein» político sin precedentes, el «tripartito», al sumar a sus diputados y a los de EA a la IU del inefable Madrazo. Así se pergeñó su última cantinela, y, a la postre, su acta de defunción política: la «consulta». O, sea el órdago desquiciado de plantear un referéndum sobre «el derecho a decidir» (la autodeterminación) en el que se resume cumplidamente la parábola del árbol y las nueces.
Por mucho que Ibarretxe disfrazara durante la última campaña su inmensa deslealtad (¿qué es un lendakari, sino representante del Estado?), se embozara tras una aparente normalidad y prodigara incluso sonrisas y agasajos a las víctimas del terrorismo, se le ha visto la jugada, desvelada finalmente ayer ante los vascos (y las vascas) en el patetismo de su «agur».

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