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Publicado Martes, 05-05-09 a las 19:58
Como de un terremoto silencioso y con efecto retardado, el inédito Gobierno vasco no nacionalista empezó ayer mismo a llevarse por delante las piezas del dominó peneuvista, 48 horas antes de que Patxi López jure (o prometa) ante el árbol de Gernika y nombre su primer ejecutivo. Es el lento pero implacable efecto del tsunami que empezó a vislumbrarse la noche electoral en que el líder del PSE proclamó a bocajarro que se sentía legimitado para gobernar. La misma noche en que un sudor frío recorrió el cuerpo del eterno nacionalismo gobernante, consciente de que iba afrontar algo más que un jaque socialista.

Era el fin de una hegemonía que cambiará muchos más cimientos de lo que aún se adivina. En días para la historia de la política vasca y española, el agur de Ibarretxe, por un lado, desatasca al propio PNV que le encumbró, y, por otro lado, abre una etapa de indefinición en el partido “jetzale”, que empezará a debatirse ahora entre sus dos almas: la moderación de un posible Urkullu y un menos posible (todavía) Imaz, y el radicalismo de Egibar. Y al fondo, ETA/Batasuna, esperando la oportunidad de un “sorpaso” electoral a su eterno rival abertzale.

Pero estas son lecturas partidistas y superficiales. Por encima de todo, la toalla arrojada por el aún lendakari en funciones viene a simbolizar el fracaso del llamado Plan Ibarretxe, el gran fiasco de un empeño cabezón e irracional en imponer un modelo soberanista que no defiende ni la mitad de la sociedad vasca, ni siquiera parte de su propio partido. Y aún más lejos: la derrota del líder que ha llevado al PNV a la oposición representa también el final de una deriva que ni siquiera inició el propio Ibarretxe, la del pacto con ETA. Ahora, once años después de Estella, la única solución para los nacionalistas es la catarsis. Tiempo de oposición van a tener por delante.
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