Valoración:
El arte moderno se mide con África y Oceanía, sus musas más exóticas
FOTOS: ABC «Madame Cézanne en un sillón amarillo», de Cézanne, junto a unas figuras de los Senufo (Malí)
Martes, 05-05-09
En su libro «La Tête d´obsidienne», Malraux cuenta la emoción que sintió Picasso al descubrir el arte negro en el Museo del Hombre de París: «Cuando fui a Trocadero -le contó el pintor a Malraux- era asqueroso. El mercado de las pulgas. El olor. Yo estaba solo. Me quedé. Comprendí que era muy importante: ¿me pasaba algo? Comprendí para qué servían a los negros sus esculturas. ¿Por qué esculpir así y no de otra manera? ¡Sin embargo, ellos no eran cubistas! Porque el cubismo no existía».
El arte negro se coló a partir de entonces en su taller del Bateau-Lavoir. En 1907, hay en él un centenar de piezas africanas y desde ese año estiliza las formas siguiendo el modelo del arte primitivo. Se aprecia claramente en una de sus obras maestras, «Las señoritas de Aviñón». Picasso no fue ni el primero ni el único artista que quedó fascinado por el arte primitivo. En 1904 los pintores de Die Brücke descubrieron en el Museo Etnográfico de Dresde piezas de África y Oceanía. En París, Maillol advierte en el arte negro una gran libertad para la invendión de formas y Vlaminck es el primero en reunir desde 1905 una importante colección de arte africano, ejemplo que siguen Matisse, Derain y el propio Picasso.
Intenso diálogo
El marchante Paul Guillaume se convirtió en el gran promotor en Europa y Estados Unidos del arte negro, que también deja una profunda huella en otros artistas como Modigliani y Braque. Tampoco los surrealistas, con Breton a la cabeza, escaparon al magnetismo del «arte primitivo y salvaje», que ya en 1940 había conquistado a todas las vanguardias. Con la entrada en el Louvre en 2001 de 120 esculturas de África, Asia, Oceanía y América (y más recientemente con la apertura también en París del Museo Quai Branly), se hace oficial el reconocimiento de las artes primitivas. Ahora es la Fundación Beyeler de Basilea la que acoge en su maravilloso edificio diseñado por Renzo Piano un intenso y fructífero diálogo entre el arte africano y oceánico, por una parte, y el arte moderno, por otro. Bajo el título «La magia de las imágenes», la Beyeler confronta, a lo largo de 13 salas, 180 piezas muy escogidas de arte primitivo, procedentes de 50 colecciones públicas y privadas, con algunas de las obras maestras de su colección. Y lo hace asumiendo riesgos, sin complejos, en un montaje ideado por el comisario, Oliver Wick.
La muestra arranca con una comparativa que se antoja imposible: «El estanque de los nenúfares» de Monet (su cuadro más emblemático) lucen junto a dos estilizadísimos cocodrilos procedentes de Papúa Nueva Guinea. A su lado, una «Catedral de Rouen», también de Monet, luce junto a un tótem de Vanuatu (Pacífico Sur). Horizontalidad y verticalidad, el agua, la espiritualidad... Son muchas las lecturas que admiten tales comparaciones. Un juego que nos propone leer el arte con otros ojos.
A partir de ahí, la exposición nos lleva a interesantes diálogos: un retrato hierático de la mujer de Cézanne junto a esculturas de los Senufo; figuras de los Mundugumor (Nueva Guinea) se reencuentran con algunas «Mujeres sentadas» de Picasso de los años 30 y 40. Pero si la influencia del arte primitivo es bastante evidente en Picasso, Cézanne, Matisse o Giacometti (sus estilizadas figuras se confunden con otras de arte primitivo), cuesta más reconocerla en Van Gogh, Kandinsky o Miró e incluso aún más en Mondrian (cuelgan sus célebres variaciones geométricas junto a peces de Papúa Nueva Guinea) y Rothko (hay un juego de color entre tres de sus maravillosos lienzos y unas máscaras hawaianas). Una mirada más reposada nos lleva a reconocer las huellas del arte primitivo en la abstracción.
Valoración:

Enviar a:

¿qué es esto?


Más noticias sobre...