
Publicado Domingo, 03-05-09 a las 13:20
Nuestro paso por Nairobi fue trepidante. Una ciudad muy viva, con tráfico intensísimo, ruidosa, limpia, alegre. Saliendo del centro, donde se concentra la vida empresarial, sorprenden las carreteras bordeadas de grandes jacarandás, puestos repletos de fruta, muchos viveros (influencia colonial por tener jardines) y un sinfín de anuncios relacionados con órdenes religiosas. Y es que en Kenia se dice que si uno quiere hacerse millonario se monte una iglesia.
De repente, golpe de efecto para aquellos nostálgicos que vieron «Memorias de África»: toda la extensión de los cafetales de la película son ahora colegios, centros comerciales y gasolineras con el nombre de Karen Blixen y, en un camino, su casa, intacta, como reclamo turístico, y su extenso jardín, donde se celebran grandilocuentes bodas.
Íbamos camino de un safari en compañía de cuatro de los grandes cocineros españoles. Una imagen que parecía de lo más surrealista en el corazón de África, pero que se explica por la cumbre gastronómica celebrada en Nairobi a la que fueron invitadas algunas de las más señeras figuras de nuestra cocina.
«Es un milagro que siendo cocineros estemos en Kenia. Esa sensación de sentirse querido y admirado ha sido sorprendente, muy profunda». Así de pletórico se mostraba Sacha Hormaechea casi al final de un intensísimo viaje gastronómico-aventurero que nos llevaría desde Nairobi hasta la inmensidad de Masai Mara. Una aventura posible gracias a Paco Patón, jefe de sala del restaurante Europa Decó y de Gabriel González, director de Kobo-safaris, convencidos de que la cumbre culinaria hispana en Nairobi sería todo un acontecimiento social.
Y el listón quedó muy alto gracias a la profesionalidad de Paco Roncero, chef de La Terraza del Casino, con una estrella Michelin; Sacha Hormaechea, del restaurante Sacha; Alberto Chicote, maestro en los fogones de NoDo y Pan de lujo, y Joaquín Felipe, chef de Europa Decó, en el Hotel Urban. Para todos ellos, viajeros y viajados, era una incógnita y un reto trabajar en un país donde, hasta la fecha, no había recalado la cocina española.
Al gusto local
Se hicieron catas de aceites, se observó la materia prima seleccionada y se modificaron algunos productos, bien por no tener la especie deseada, bien por adaptar el plato a los gustos kenianos. Tras un descanso en el emblemático Stanley, el primer hotel de lujo inaugurado en 1902 y que conserva todo el encanto colonial de antaño con las comodidades de ahora, los cocineros se pusieron manos a la obra. El restaurante Tamambo cerró sus puertas para celebrar las dos insólitas cenas. La imagen de una cocina llena a rebosar, con los chefs españoles trabajando al alimón con Samuel Kimani, chef de Carnivore; Gabriel Ngugi, chef de Tamarind y Joseph Anusu, de Tamambo (los mejores restaurantes de la ciudad) era todo un espectáculo. Una miscelánea de razas y colores unidos por su amor a la cocina.
En la barra, otro momento pintoresco: el de Isaac Muga, de la dinastía del emblemático vino de Rioja, enseñando al equipo de sala cómo se debe servir el vino. Los chefs triunfaron como glamurosas estrellas frente a las que la gente hacía cola para que les firmaran un autógrafo en las cartas del menú. Eso sí, después de disfrutar del ceviche de gambas con crema fina de aguacate (Sacha), los tomates y el tataki de atún rojo con ajoblanco (Chicote); la langosta con sopa de aceite (Paco Roncero); la tilapia en manteca colorá y verduritas o el helado de wasabi con mango (J. Felipe). Todo ello maridado con vinos de Muga por 100 euros el cubierto. Una gran exhibición que acabó en una fiesta de hermanamiento entre dos culturas diferentes, pero unidas por su pasión culinaria.
Y tras la cumbre gastronómica partimos en safari. Safari, en suajili (lengua oficial del país junto al inglés), significa viaje, un viaje alucinante en el que se transforma la perspectiva de todo lo vivido. Los cocineros se cambian las chaquetillas por el equipo «Indiana», todos pertrechados con magníficas cámaras para inmortalizar la aventura.
Tres horas en todoterreno nos esperan hasta Aberdare. Carreteras con pésimo asfaltado, caminos intransitables por las «tierras altas de Kenia», la zona agrícola por excelencia, con plantaciones de café y cultivos tropicales como el maracuyá, el mango y el apomango (híbrido de manzana y mango). Hasta divisar la cumbre nevada del Monte Kenia («Montaña Luminosa», del que toma el nombre el país) durante un día soleado es todo un espectáculo.
Plantas silbadoras
Nuestro siguiente destino es el lago Nakuru. Para llegar hasta allí hay que cruzar un paisaje lleno de acacias-paraguas, espinosas de tronco amarillo y plantas silbadoras -así llamadas porque unas hormigas que se alimentan de sus frutos abren en las mismas unos agujeros que, con la acción del viento, suenan como silbidos.
Nuestros guías, Kinyua y Makini, imprescindibles por su sentido del humor, nos mostraron la inmensidad de Nakuru, un paraíso para ornitólogos del mundo en el que habitan cuatrocientas cincuenta especies diferentes de aves, entre ellas los famosos flamencos y multitud de pelícanos. Junto a ellos conviven cobos de agua, jabalíes verrugosos, jirafas, leopardos, leones, ¡y mucho babuino!
La cena en el Sarova Lion Hill Lodge es todo un espectáculo. Nuestros chefs, ante la mirada atónita de los cocineros del hotel, improvisaron una cena deliciosa. «La combinación trabajo-placer forma parte de nuestra vida. Si no te pones la chaquetilla en vacaciones no es lo mismo», afirmaba un Paco Roncero exultante.
Aunque cuando apareció ante nosotros en toda su fuerza el magnetismo de África fue tras dejar territorio kikuyu y avanzar por la estepa masai, tribu ganadera que se identifica por sus kikoys de color rojo, los lóbulos de sus orejas colgando en grandes círculos y sus alegres collares. Sus poblados, o «manyattas» se suceden hasta llegar a la llanura de Serengeti que nos conducirá finalmente a la inmensidad de Masai Mara, la sabana, reserva en la que se encuentra la mayor concentración de vida salvaje. Hay que ver lo tremendamente excitante que puede ser rastrear estos parajes repletos de cebras, ñus, gacelas de Thomson, búfalos, elefantes, rinocerontes... Tenerlos tan cerca, observarlos, escucharlos... Y ese silencio, aterrador, lleno de tensión, cuando intuyen el peligro: la llegada de guepardos, leones, leopardos, hienas y chacales, depredadores que cautivan e hipnotizan al observador. Tensión, cansancio y sensación de libertad. Para asimilar la experiencia, nada mejor que el campamento «The Sarova Mara Camp», ubicado en un emplazamiento espectacular, con tiendas de película, aunque no nos abandone un cierto temor ante los ruidos felinos en la noche.
Nos esperaba un safari a pie, con escoltas rifle en mano, muy instructivo y algo temerario. Pero la gran sorpresa nos aguardaba al final del trayecto, donde vivimos una experiencia absolutamente surrealista con un grupo de masais. Probaron el ibérico, que no les gustó, pese a lo que ellos nos deleitaron igual con sus bailes tribales. Al final de la fiesta acabamos comprando tras un duro regateo todos los accesorios que llevaban puestos. Porque en Kenia, como explicaba Kinyua «se regatea hasta con la dote de la mujer en una boda», Y si no se desea entrar en esa tan prosaica actividad, basta con sentir el olor a hierba seca, contemplar los cielos con sus irrepetibles colores y matices y vivir lo que aún queda de «vida salvaje». Algo único. Como Kenia.


