Rumores de despidos
«Lo peor es estar muy atento a los corrillos y dar pábulo a las historias que nos llegan». La psicóloga María Jesús Álava, autora del libro «Trabajar sin sufrir», ofrece una serie de pautas para encarar los siempre inquietantes rumores de reestructuración en la plantilla: «En esos momentos hay que trabajar lo mejor posible, no fiarse de los rumores e ir a la fuente, es decir, preguntar directamente al jefe». Si su respuesta no es tranquilizadora, «prepárate para luchar en tu empresa haciéndote poco prescindible y, pese a todo, ponte en forma y comunica a tu entorno profesional que estás dispuesto a estudiar otras opciones de trabajo. Nuestro valor desciende infinitamente cuando estamos en paro», remarca Álava.
Domingo, 03-05-09
El 30 de octubre de 1938, en vísperas de Halloween, Nueva York fue presa del pánico. Los ciudadanos escucharon en la radio que los extraterrestres invadían la tierra y, dejándose llevar por sus emociones, asumieron como una noticia real que narraba Orson Welles lo que sólo era la dramatización de la obra de H.G.Wells «La guerra de los mundos». Las llamadas colapsaron las comisarías de policía y hubo quien se encerró en un sótano y allí, armado, esperó a los marcianos. «Sí, el miedo es contagioso», corrobora la psicóloga María Jesús Álava. «El miedo, como cualquier otra emoción, desencadena un proceso fisiológico que envuelve al cuerpo, y el cerebro tiene capacidad para percibir, aunque sea de forma inconsciente, esos cambios que produce, en los gestos o en el tono de voz, de otro ser humano. De este modo puede empezar el contagio», explica el médico Mario Alonso, autor del libro «Vivir es un asunto urgente».
Y en estos momentos, abrumados por la sucesión de malas noticias y peores augurios, incluso las personas o las empresas sin motivos para preocuparse se han contagiado de esa epidemia de miedo. María Jesús Álava, que dirige el gabinete Álava Reyes Consultores, estima que las visitas al psicólogo han crecido un 20% desde el año pasado; porcentaje que se ha elevado hasta el 50% en el caso de las consultas por motivos de trabajo.
En su libro «No miedo», la experta en liderazgo Pilar Jericó enumera los temores más habituales. Dejando al margen el miedo a la muerte, que afecta a cualquier ser humano, en el mundo laboral predominan cinco: no llegar a fin de mes, la opinión de los demás -««ese qué dirán» que los españoles tenemos tan en cuenta»-, el fracaso, la pérdida de poder y el cambio. «Ahora el más común es el miedo a no llegar a fin de mes, a la no supervivencia económica. Y, relacionado con éste, el miedo a equivocarte: «si no llego a los objetivos, me despiden»», comenta Jericó, que advierte de que hay un miedo sano, al que podríamos llamar prudencia, que nos ha permitido sobrevivir como especie. «Es una emoción fundamental para la supervivencia que nos avisa ante una situación peligrosísima -confirma Mario Alonso-. Para que se desencadene es necesario que se active la amígdala cerebral. Entonces se produce un cambio en la fisiología que, a su vez, provoca varias reacciones: parálisis, huida y, en algunos casos, ira. Pero el ser humano aunque no esté ante un auténtico peligro físico no lo distingue, y su manera de interpretar lo que considera una amenaza es poner en marcha unos mecanismos de acción que, lejos de ayudar a resolver el problema, lo complican aún más».
Como hace 50.000 años
Parafraseando a la Premio Nobel de Medicina Rita Levi Montalcini, Jericó recuerda que «vivimos como en el pasado, como hace 50.000 años, dominados por las pasiones y los instintos de bajo nivel. No estamos controlados por el componente cognitivo, sino por el emocional». María Jesús Álava no puede estar más de acuerdo. Hemos dejado atrás un siglo marcado por el progreso técnico y, sin embargo, no hemos aprendido a racionalizar las emociones. «Probablemente, éste es el principal objetivo de la psicología del siglo XXI. Hay personas que sufren innecesariamente: mucho más por cómo se relatan, por cómo ven la vida que por lo que realmente les está pasando. En lugar de canalizar sus energías a solucionar el problema, las gastan en quejarse constantemente. Y la queja sólo conduce a una frustración permanente».
Llegados a este punto, la psicóloga recuerda algunas de las conclusiones de un reciente estudio elaborado por su gabinete que analiza la incidencia del trabajo en la vida privada: «En el 95% de los casos no había un motivo objetivo, real, como la muerte de un ser querido, que justificara el sufrimiento, sino que se trataba de problemas derivados del trato con el jefe o con un compañero trepa. Hay que relativizar, porque el miedo no distingue entre lo que es una catástrofe o simplemente lo parece». «Hay que aterrizarlo, pensar, realmente, qué puede pasar y ver todas las posibilidades. Cuando te pones en lo peor te das cuenta de que no es para tanto», añade Jericó, también socia de la consultora Inno Personas.
El miedo está detrás de la mayor parte de las crisis de ansiedad que se padecen y, además, provoca comportamientos insolidarios en la plantilla. Pero, por si esto no fuera bastante, cuando las reacciones de miedo se mantienen en el tiempo favorecen una cascada de trastornos en la salud: aparición de diabetes tipo dos y más colesterol y triglicéridos, lo que, a su vez, aumenta la incidencia de arritmias, presión arterial y arterioesclerosis. «También produce efectos que reducen el riego del aparato digestivo y del aparato reproductor -dificulta la concepción-, y nos hace más vulnerables a bacterias, virus y tumores. Con el tiempo, hay muerte de neuronas cerebrales», explica Alonso.
Para evitar estos riesgos, los psicólogos echan mano de dos tipos de técnicas: las fisiológicas, que incluyen ejercicios de relajación y respiración diafragmática, y las cognitivas, en las que se recurre a la confrontación de pensamientos negativos con otros positivos, las paradas de pensamiento y las «auto instrucciones».
Paradójicamente, cuando sentimos miedo la parte del sistema nervioso autónomo que se activa se llama simpático. Encima con recochineo...


