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Domingo, 03-05-09
LO único que nos faltaba. Esta gripe nos llega en el momento en que se notaba cierto aire optimista. Nos ha dado justo en la línea de flotación, precisamente cuando tenemos a media Barcelona constipada debido a los cambios de temperatura sufridos la semana pasada.
La recuperación económica ni siquiera se intuye en el horizonte; por lo mismo, la cantidad de gente en el paro ha hecho que mucha gente se tenga que buscar la vida como puede. En todo caso, eso de la prostitución en La Rambla no creo que tenga mucho que ver con la coyuntura. Se trata más bien de un tráfico de personas que no para. Son subsaharianas que van a la desesperada a por el cliente, por norma general un turista borracho venido del Norte. Además, el acoso de estas mujeres con la vida destrozada comienza cada vez más pronto; antes las podíamos ver sólo a la salida del Liceu: ahora gotean desde antes de que caiga el sol. ¿A nadie le importa?
Hace un par de días, tanto el PP como CiU se lamentaban de la degradación del paseo más popular y famoso de la ciudad. Con los trazos generales del análisis de los políticos de la oposición coincidían también los cada vez más molestos -y desesperados- «Amics de la Rambla», que se quejan de la falta de iluminación, del aumento de la prostitución y de la falta de seguridad. ¿Necesitamos más agentes policiales en la calle?
Está claro que la ordenanza del civismo se cumple a medias, porque el nivel actual de delincuencia es inédito.
Hace veinte años que vivo en el barrio, que el Liceu es mi segunda casa. Es cierto que la Rambla, a según qué horas, siempre ha sido un lugar picante, que ha inspirado tanto a busca vidas como a artistas que se quedan hechizados por esa mezcla de decadencia, melancolía y sucia belleza que se esconde en esas calles estrechas y oscuras del Barrio Chino. Pero lo de ahora es insólito. La violencia de las prostitutas subsaharianas es incómoda y ha transformado definitivamente el paisaje.
Quizás es cierto que necesitamos que nos vigilen más. Me sabe mal, porque ver mucha policía en la calle me recuerda mi época universitaria en los tiempos de Pinochet, cuando los carabineros chilenos no nos quitaban los ojos de encima a los estudiantes. Desde que vivo, hace ya dos décadas, en esta ciudad, siempre he respirado libertad. Ahora comprendo que, en determinadas circunstancias, es mejor sacrificar algo de ese ideal de vida para ganar en seguridad.
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