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El miércoles se inaugura una sugerente exposición titulada «La Modelo como Musa: Encarnando la Moda», organizada por el Instituto de la Indumentaria del Metropolitan Museum of Art de Nueva York
Las modelos, las últimas musas
En los años 50 se llevaba la modelo distante y sofisticada, cuanto más irreal mejor (Dovima, Sunny Harnett). En los años 60 llegaron el desmelene hippy y la delgadez infantil (Veruschka, Twiggy). En los setenta se volvieron a exigir cuerpos más saludables y atléticos (Patty Hansen) y en los ochenta reestalla la modelo-diosa, con un carisma casi insoportable: Naomi Campbell, Linda Evangelista.
En los noventa corren aires de dejadez y de grunge y los diseñadores se hartan de la supermodelo diva y buscan que todas las caritas monas y todos los cuerpos perfectos parezcan el mismo, con excepciones como la «chica mala» Kate Moss. Y suma y sigue.
Evolución del ideal
Es sólo un ejemplo de la evolución del ideal femenino en los últimos cien años a través de las modelos de pasarela. La exposición, bautizada con el nombre «La Modelo como Musa: Encarnando la Moda» es obra del Instituto de la Indumentaria del Metropolitan Museum of Art de Nueva York y se inaugura el miércoles. Irá precedida de una fantástica gala benéfica -es decir, para recoger fondos para el museo- organizada por el diseñador Marc Jacobs, comisario de la exposición. También participan en el evento la modelo Kate Moss; Anna Wintour, editora de la edición americana de «Vogue» y gurú de la moda, y el cantante Justin Timberlake.
Todos los años hay una gala de estas en el Met, una institución magistral a la hora de compaginar el arte con la recogida de fondos y ambas cosas con el glamour, real o presunto. Sólo así se explica, por ejemplo, que la vocecilla de la actriz Sarah-Jessica Parker, cuyo mayor mérito en esta vida es haber interpretado al presunto icono de la moda Carrie Bradshaw, haya guiado audiotours de anteriores exposiciones del Instituto de la Indumentaria del Met.
Cascada de belleza
Sin embargo, Sarah-Jessica Parker no tiene sitio en esta exposición, consagrada a las verdaderas diosas estéticas del siglo. Lo que se ofrece al público es una cascada gráfica de belleza, en forma de fotos, portadas de revista, etc, cuyo visionado adquiere en este marco una magnífica excusa y una incontestable dignidad.
¿Y qué hay de malo en dejarse encandilar por una modelo? ¿Por qué fijarse en el trasero de Carla Bruni es frivolidad y machismo, y mirar el de la Afrodita del Museo Arqueológico de Nápoles es alta cultura? ¿Por qué un estímulo se va a considerar enaltecedor y el otro deplorable?
Esa parece ser la tesis de esta exposición en el Met, que reúne trajes, material editorial y fotos de Richard Avedon, Annie Leibovitz, Peter Lindbergh, Helmut Newton, Irving Penn, Franco Rubartelli y otros grandes de la imagen de moda.
La lista de diseñadores abarca desde Balenciaga y Giorgio Armani hasta Paco Rabanne, Yves Saint Laurent, Dona Karan, etc. La relación de modelos incluye a Lauren Hutton, Jerry Hall, Christy Turlington, etc. No se menciona, o por lo menos no se destaca, a Carla Bruni, que podría caracterizar a la modelo que trasciende ese estado para adquirir indudable influencia y protagonismo en otras esferas.
Pero, tal y como apuntaba una certera crítica de «The New York Times», no es este el objetivo de una exposición que más bien parece perpetuar el mito de la modelo como musa silente, que cuanto más calladita y más pasiva, más mona está. El rotativo neoyorquino llegaba a calificar a las musas-modelos como «las últimas estrellas del cine mudo», afirmando que cuanto más perfil propio tengan, menos inspiran. La excepción a la norma de no sacar los pies del plato sería Kate Moss, e incluso ella, subrayan, los saca en silencio. Aún es tiempo de que diga esta boca es mía tras sus ruidosos escándalos de drogas.
Y, sin embargo, Kate Moss es la única de todas las «expuestas» que copreside la gala inaugural de la exposición junto al comisario, Marc Jacobs, con lo cual tampoco debe sentirse tan constreñida en su presunto papel de convidada de piedra.
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