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Viernes, 01-05-09
Los sindicados tienden por naturaleza al verticalismo. Con Franco o con Zapatero. En realidad, sus peleas con los gobiernos lo son por parcelas de poder. Así, Nicolás Redondo con Felipe González. Las tensiones que provocó UGT (tres huelgas generales) tuvieron su origen en la lucha por el control de los carnets. Los sindicatos son conscientes de que su personalidad es marginal y buscan la permanencia en el sistema gracias a los servicios que prestan a los partidos. En los comienzos del régimen franquista, en plena guerra, hubo una lucha decisiva por la dirección del Nacional-sindicalismo entre Girón y Salvador, los dos nacidos en Herrera de Pisuerga. Salvador, que era el teórico y el primer jefe del sindicalismo «revolucionario», fue derrotado por Girón, que representaba la disciplina del Movimiento. Pudo cargarse a su «amigo» Salvador al demostrar que estaba afiliado a la masonería. Su caída política tranquilizó a las fuerzas más conservadoras socialmente. Salvador fue desterrado a Cataluña (como después Ridruejo), donde se casó con una chica catalana (como Ridruejo). Por cierto, también como éste había estudiado en El Escorial.
El sindicalismo es tan «funcional» que puede servir a señores muy distintos. Marcelino Camacho y José Solís se tenían una gran simpatía. Se reconocían en su «amor» a los obreros. En realidad, el ministro falangista era consciente de que, a cambio de su política de «entrismo» en los verticales, CC.OO. renunciaría a la huelga general política, y Franco podría morir tranquilo.
Proclives al protagonismo con el poder político los sindicatos tratan siempre de disimular su subordinación real. Los Gobiernos lo saben y los cuidan. Ayer Aznar, hoy Zapatero. Sucede que este está llevando esta convivencia a la exageración. Dijo antes de ayer que su corazón estaba con los manifestantes del primero de mayo. Cualquier día bajará a la calle y se pondrá al frente de la manifestación.
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