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Actualizado Jueves, 30-04-09 a las 06:13
LOS países ricos viven a veces mentalmente muy lejos de las sociedades africanas o asiáticas, como si sus problemas quedaran fuera del marco de la realidad. Las amenazas de pandemia vuelven para recordarnos ese riesgo. En el sur de Asia y en África subsahariana hay más de 2.000 millones de mujeres y hombres expuestos a peligros que los alemanes, suizos o canadienses ignoran. De pronto surgen movimientos no explicados: en medio de la crisis, los fondos contra la malaria se han duplicado; por ejemplo, el investigador Pedro Alonso, al tiempo desde Manhiça (Mozambique) y Barcelona (España) avanza en la consecución de la vacuna, aún no descubierta. Tuberculosis, sida y malaria siguen presentes en África y Asia, desde Angola a Indonesia. El 24 de abril, día de la malaria, recordaba el Financial Times que la enfermedad mata cada año a un millón de personas, con 20 / 30 millones de enfermos definitivos y cientos de millones infectados. En África solo, las pérdidas de productividad superan los 12.000 millones de dólares/año.
El último informe de la ONU no logra explicar por qué han crecido tanto los fondos anti-malaria, desde 2004 multiplicados por diez. Quizá un cruce de empresarios, abogados y políticos ha contribuido a sacar este combate de la rutina. La infección peor, la del plasmodium falciparum, se venció hace más de 50 años en los países ricos. El plasmodium vivax, en Asia meridional, permanece durmiente en los niños durante meses.
El Global Fund (contra Sida, Tuberculosis y Malaria) y el programa Booster, del Banco Mundial, han patrocinado desde 2007 a cientos de investigadores. Antes, en 2005, la Malaria Initiative de George W. Bush consiguió arrancar en África: nos alegra recordar al anterior presidente, atacado por tantas razones fundadas, entre otros espacios, desde esta columna. El equipo del doctor Alonso sigue avanzando en Mozambique y en España. Pero sobre todo la Fundación Bill & Melinda Gates ha logrado que en cinco meses, de noviembre a marzo, se hayan reunido 3.000 millones de dólares. Las mosquiteras protegen hoy a millones de niños antes amenazados.
De África subsahariana procede el 90 por ciento de los muertos por malaria. La combinación de ayuda humanitaria y defensa de intereses económicos se refuerza: la enfermedad mata sobre todo a menores y ataca a mujeres embarazadas, que alumbran bebés de poco peso, vulnerables al infarto. Eso ha comprometido a la Fundación Gates con el proyecto del doctor Alonso. Pero los expertos creen que la esperanza en la vacuna ha de combinarse con el áspero y anónimo control del terreno. Temen que los éxitos se exageren y los problemas concretos se difuminen. Una cosa es entregar una mosquitera a un niño, otra enseñarle a utilizarla. En 2005 se habían repartido esas redes protectoras a un 10 por ciento de las naciones africanas donde la malaria es endémica. En 2008, las mosquiteras han llegado al 40 por ciento de esa población, con los líquidos que deben impregnarlas. Resultado: rápido retroceso de la malaria en los tres países más atacados, Kenya, Etiopía y Ghana. Nada de esto podría lograrse en África, insiste el enviado de las Naciones Unidas para la Malaria, el filántropo Ray Chambers, sin el apoyo de las iglesias y las mezquitas, centros de distribución natural de medicamentos y mosquiteras. Es curioso, los mismos mensajes se mezclan en la predicación del Corán o en las epístolas de San Pablo: protéjanse de noche; enseñen a sus hijos a cubrirse con las mosquiteras; adviértanles del peligro del agua estancada...
La dureza de la crisis ha recortado los medios en otros frentes humanitarios, pero no en el de la malaria. Queda subrayado en este artículo, que tanto nos ha gustado escribir.
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