
MIKEL AYESTARAN Un soldado estadounidense habla con un grupo de afganos en la localidad de Nayil, cerca de la frontera con Pakistán
Actualizado Jueves, 30-04-09 a las 09:21
«¿Están los españoles en Afganistán?» Pregunta un soldado para romper el hielo en el inicio de lo que promete ser una larga noche de vigilancia. La agencia de seguridad afgana y los informantes que los americanos tienen en la zona advierten sobre la inminencia de un ataque contra la pequeña base de montaña de Nayil y por eso se han enviado unidades de refuerzo desde Mehtarlam a las que ha podido sumarse este enviado especial. Agazapados entre una barrera de sacos terreros y los vehículos blindados, esperamos en un punto situado a casi dos mil metros, bajo un cielo estrellado, el inicio de la ofensiva.
«Llevan más de treinta días sin atacarnos y por eso les damos credibilidad a los informes», asegura el capitán Wilson, que cumple su segunda misión en Afganistan y también tiene experiencia en Irak. «Normalmente los talibanes usan RPG, cohetes y ametralladoras, se esconden entre las rocas y no es fácil acertar, pero suelen ser ataques cortos, de menos de una hora, y siempre durante la noche», señala el capitán mientras otea el horizonte desde sus gafas de visión nocturna, un sistema que también ha empezado a usar la insurgencia para llevar a cabo acciones nocturnas.
Detención del líder talibán
Desde la base siguen llegando por radio informes con nuevos detalles del ataque. Parece que se trata de un grupo de 55 hombres que estaría tomando posiciones en una montaña situada a menos de un kilómetro de la posición estadounidense. Hace pocos días que el líder talibán de la zona fue detenido y se espera que el nuevo comandante tenga ganas de exhibir su poderío ante las fuerzas de la coalición. Las nuevas generaciones de talibanes son más violentas que las primeras y deben ganarse el respeto de los suyos por la vía de la fuerza.
Pasan las horas y se habla de política: «Al nuevo presidente le han puesto el listón demasiado alto»; de la misión afgana: «los refuerzos americanos irán al sur y formarán una gran línea a lo largo de la frontera con Pakistán», «necesitamos más países dispuestos a pelear»... y de las familias que se encuentran a miles de kilómetros y a las que estos soldados sólo pueden ver durante un plazo de quince días en el transcurso de los doce meses de misión.
A las 23.45 un fogonazo en mitad rompe la tertulia y como auténticos autómatas los hombres preparan sus armas y se colocan en su posición a la espera de sentir dónde caerá el proyectil. «Esto es como la caza de palomas. Sabemos de dónde atacan y les esperamos desde lo alto para responderles», confiesa el capitán mientras la radio echa humo. Las normas de combate son claras y se respetan, se trata de acciones defensivas y por tanto nadie lanza una sola bala hasta que se confirma que se trata de una agresión.
Falsa alarma. El fuego no era de un proyectil. La gente permanece sin embargo en sus posiciones hasta pasado un buen rato. Horas más tarde el mando avisa que es hora de regresar a la base. Se encienden los motores de los blindados y, sin luces, descienden a una velocidad de vértigo hasta la base. «¡No fun, man!», («no ha habido divertimento») me dice un soldado mientras nos quitamos los chalecos y los cascos. Quizás mañana, uno nunca sabe cuando estalla la chispa en una guerra como esta.

