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Miércoles, 29-04-09
NO puede afirmarse que las cosas se le hayan puesto fáciles al nuevo presidente norteamericano al cumplirse los primeros cien días de su mandato: el número de problemas en los que debe intervenir no ha cesado de aumentar, y si no hubiera sido suficiente con el estallido de la crisis financiera o el empeoramiento de la guerra de Afganistán, a Barack Obama le ha sobrevenido, de forma casi directa, la emergencia sanitaria de la gripe porcina. Sin embargo, la tasa de aprobación de sus conciudadanos está batiendo marcas históricos y, por si fuera poco, la simbólica efemérides coincide con el regalo inesperado de la mayoría reforzada en el Senado, con lo que se garantiza un sobrado margen de maniobra en el legislativo. Es evidente que el formidable impulso político y social que nació con la campaña electoral del primer presidente negro de Estados Unidos mantiene todo su ímpetu, a pesar de que su gestión no ha tenido nada digno de ser elogiado. Ni siquiera ha logrado completar su gabinete, y sus primeras decisiones -tanto en la respuesta a la crisis económica como en política exterior- han sido en ciertos casos discutidas.
En estos tres meses, Obama ha marcado claramente diferencias no sólo con su predecesor, George W. Bush, sino que en algunos aspectos ha llegado a desmarcarse de otros inquilinos de la Casa Blanca con los que comparte militancia, como ha sido el caso de las posiciones que se refieren al tratado de Kioto. La mayor parte de las bazas de su campaña electoral están sobre la mesa, como la retirada de Irak, y otras que no figuraban tan claramente en su agenda, pero que podían preverse, como el acercamiento a la dictadura castrista o a la teocracia iraní, han sido puestas en marcha sin ningún complejo. Obama ha realizado, sobre todo, gestos destinados a tratar de convencer a unos y otros de que no se considera responsable de las situaciones conflictivas que ha heredado, un argumento que, por el momento, ha sumido en la perplejidad a todos aquellos que habían cimentado toda su política en el odio a Estados Unidos y a lo que representa. Con sus mensajes apaciguadores, Obama intenta una aproximación diferente a viejos problemas y cuenta con un indiscutible respaldo social. Ojalá tenga éxito, pero, mientras tanto, debería procurar preservar ese respaldo para cuando llegue el momento de constatar que hay algunos conflictos que no se pueden resolver ni con la mejor de las sonrisas.
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