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Martes, 28-04-09
ESE sonriente faldero narizotas que camina con gesto arrogante junto a la esbelta arquitectura de Carla Bruni no es un llavero con patas sino el presidente de una potencia nuclear que todavía es capaz de darnos sopas con honda. Así que un respeto; detrás de ese pequeño napoleón con alzas elegido por sufragio directo hay una nación que, por intensidad política, por cohesión cultural, por estrategia económica y por prestancia internacional, todavía tiene mucho que enseñarnos además del longilíneo perfil y el mohín pizpireto de la señora esposa de su Jefe del Estado.
De Francia, por ejemplo, podría España aprender el sistema electoral del «ballotage», que evita el mercadeo político de las poltronas; o el desacomplejado orgullo nacional de su clase dirigente; o el pragmatismo estratégico con que cimenta su poderío económico en una energía nuclear que aún le sobra para vendernos al precio de hipotecar nuestra independencia y nuestra balanza de pagos; o incluso el denuedo con que defiende su sector industrial y tecnológico como base de su estabilidad y de su desarrollo. De Sarkozy, al que se ha puesto de moda denostar por frívolo sólo porque bebe los vientos por una dama de aquí te espero, nos vendría bien tomar prestado algo del coraje hiperactivo con que se echa la crisis a las espaldas, o de la generosidad con que incorpora a su Gobierno a miembros relevantes de la oposición para sentirse rodeado de una excelencia sin dogmatismos; o de la firmeza de principios con que preconiza una cultura del mérito y del esfuerzo; o del realismo con que enfoca la política de inmigración. Todo eso junto, más una honda tradición democrática basada en los valores del liberalismo igualitario, mantiene al país al frente del concierto europeo con una sólida conciencia hegemónica y un tejido productivo que encaja el sufrimiento de la crisis con voluntad de resistencia, sin desmoronarse al primer soplo de contrariedad en su modelo.
Hay, sí, mucho de soberbio en la farfolla bonapartista de ese estilo de exhibicionismo republicano, y algo de «rollo Evita» en la hipertrofia mediática de la exmodelo reconvertida en primera dama; pero Francia es una nación que sabe dónde está y a dónde quiere ir, y que aún se ríe de la paleta jactancia con que no hace demasiado tiempo pronosticaba Zapatero que España iba a sobrepasarla en renta per cápita y en derechos ciudadanos. Francia, la vieja Francia, aún sabe renovarse a sí misma y buscar en el mundo un papel acorde con su proyección en la Historia. Y más allá de caricaturas facilonas y de oportunismos obamianos, su presidente nos trae la estela de un envidiable intangible político que trasciende la pasión por el poder para revelarse como un factor de impulso frente a la adversidad y la catástrofe. Se llama liderazgo.
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