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Martes, 28-04-09
En las dos farmacias de la zona internacional del aeropuerto de Barajas casi se agotaron ayer las existencias de mascarillas. ¿Psicósis? ¿Precaución?. De todo un poco. Puesta en la boca la llevaba Roger Holms, un anglosajón que se paseaba con su hijo pequeño, también protegido, a la espera de embarcar rumbo a Túnez. Y Mariela, que se tapaba el rostro «porque estoy tratándome de «quimio»», mientras esperaba un vuelo de Caracas en el que venía su amiga para cuidarla en su convalecencia.
Todos los pasajeros de vuelos procedentes de México D.F. salían al exterior con su mascarilla. A ellos se las habían dado al subir al avión, en la capital mexicana, aunque, una vez a bordo, se la quitaban. Luis Zanón, consultor español, pedía calma y tranquilidad, eso sí, sin quitarse la máscara. «Allí no hay sensación de alarma; sí de precaución. Quien tenga bien sus defensas no tiene qué temer». Y lo decía a pocos metros del guardia civil del control de equipajes que tampoco se quitaba su protector. Lo mismo hacía Encarna Bayón, empleada de la limpieza del aeropuerto. «Los jefes nos han dicho que no nos las quitemos».
«Sus datos, por favor»
Elizabeth Gómez Lasso, de 15 años, acababa de aterrizar. Venía de México D.F. Nada de susto. Estaba feliz. Tras fundirse en un abrazo con su madre, que la esperaba allí, contaba que «mi papi me colocó la mascarilla en México. Hay precaución, pero no miedo. No tengo clases hasta el 6 de mayo. ¡Qué bueno!».
Todos los que venían de la capital mexicana o de Cancún -cada día llegan a Barajas una media de 1.500 personas-, coincidían en que, al tocar Madrid, habían rellenado un cuestionario y dejado sus datos por si, en diez días, desarrollaban la gripe porcina. La consigna era acudir de inmediato a un centro de salud. Ayer no se detectó ningún enfermo con síntomas durante el vuelo. Los dedos siguen cruzados. Por si acaso.
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