
EFE Richard Serra, en una imagen de archivo
Martes, 28-04-09
La historia de amor entre Richard Serra y España lleva camino de ser de las de película. El escultor confesaba ayer públicamente cuánto ama a este país. Lo hizo durante una multitudinaria mesa redonda, organizada anoche por la Fundación Mapfre, en colaboración con la cátedra Jorge Oteiza, a la que acudieron Cristina Iglesias, Juan Navarro Baldeweg, Ana Martínez de Aguilar... «A propósito de Richard Serra» hablaron Miguel Zugaza (en su tercer acto público del día), Manuel Borja-Villel, Carmen Giménez y Francisco Calvo Serraller. Y este país lleva tiempo confesando su admiración por este hombre sabio. El pasado viernes recibía el doctorado «honoris causa» por la Universidad Pública de Navarra y hoy la ministra de Cultura le entregará la Orden de las Artes y las Letras de España -en su primera edición- como reconocimiento a su trayectoria profesional y su contribución a la difusión internacional de nuestra cultura. En ese acto, Serra se reencontrará al fin en el Reina Sofía con «Equal Parallel/Guernica- Bengasi», la escultura que un día perdió el museo y él ha tenido que hacer de nuevo.
Le Corbusier y el Románico
Un lacónico Richard Serra oía pacientemente, a través de los auriculares de la traducción simultánea, todo lo que de él se dijo (que fue mucho), y no parecía estar demasiado de acuerdo con la mayoría de las opiniones sobre su obra. No quiso entrar al trapo, y eso que Manuel Borja-Villel trató de provocarlo, lanzándole la muleta varias veces como sólo él sabe hacer. «No odio a todos los arquitectos -dice Serra-. Le Corbusier me gusta y he aprendido mucho del Románico. Tengo amigos arquitectos y he vivido con cinco de ellos». Habló el escultor que mejor ha entendido (y esculpido) la materia del tiempo de Brancusi y Giacometti, pero también de Velázquez y sus «Meninas», que un día le miraron, le golpearon la cara y entonces todo cambió para él: «Si no hubiera visto a Velázquez, hoy sería un pintor de segunda».
Sin citarlos, lanzó dardos envenenados contra artistas (léase entre líneas Hirst, Murakami...) que producen obra en serie y se rinden a ese poderoso caballero, don dinero: «Algunos artistas parece que son ejecutivos de su propia clase; fabrican mercancías para su comercio. El mercado ha convertido la estética en un rehén de los dólares». De Richard Serra se dijo anoche que es un «Mallarmé hecho carne y piel», un Prometeo moderno; de su obra, que es política y poética y que parte de robar la sombra a la pintura... Y Serra escuchaba para luego disentir la mayoría de las ocasiones. ¿De dónde saca su fuerza creativa? «De la ansiedad», responde sin dudar. ¿No cree que no ha dejado de ser un niño? «Me miro al espejo y con eso me basta. Mi personalidad quizá sea difícil de tratar». Como la de todos los genios, Mr. Serra.

