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Obama cumple cien días en la Casa Blanca con toda la esperanza de EE.UU. intacta
Domingo, 26-04-09
La presidencia de Barack Obama cumplirá este miércoles sus primeros cien días. Un aniversario que desde Franklin Delano Roosevelt, en 1933, sirve para hacer balance sobre promesas cumplidas, nuevas prioridades, rumbos diferentes y el tono ejecutivo que se puede esperar del ocupante de la Casa Blanca durante los próximos cuatro años. Es también el momento en el que la luna de miel en Washington suele terminar y empieza la inevitable obligación de tomar decisiones impopulares mientras se dispara la exigencia de más resultados y menos gestos.
Durante casi todos estos cien días no se puede discutir que el gobierno de Barack Obama ha sido la noticia del día -dentro y fuera de su país- al empujar a Estados Unidos en una dirección bastante diferente a las posiciones defendidas por la Administración Bush. Con firmeza, su popularidad intacta, saliendo casi todos los días a la palestra mediática, el presidente número 44 ha planteado un sentido de urgencia, propósito y relevancia no visto en Washington desde la respuesta a la ofensiva terrorista del 11-S.
Aunque en un esfuerzo por controlar expectativas, la propia Casa Blanca está insistiendo en lo absurdo de pensar que en tres meses resulta posible amansar una recesión histórica, dos guerras y todos los problemas acumulados sobre la mesa del Despacho Oval. David Axelrod, el «gurú» electoral de Obama, ha llegado a describir este peculiar centenario como una de esas festividades inventadas: un día que genera muchísima atención pero que carece de genuino significado.
Órdenes y disculpas
En este limitado tiempo, Obama ha ordenado el cierre de Guantánamo y la retirada del grueso de tropas del Pentágono en Irak; se ha comprometido a prestar la atención que merece el frente de Afganistán-Pakistán; ha facilitado los experimentos con células madre y las querellas por discriminación de género; se ha cargado a la cúpula directiva de General Motors y ha abroncado a la banca; ha tendido la mano al mundo musulmán; ha intentado aliviar tensiones con Cuba; y ha llevado su espectáculo de cambio en gira por Canadá, Europa, Turquía e Iberoamérica.
A los conservadores ha molestado especialmente que en ese frente internacional, Obama se haya disculpado pública y profusamente en tres continentes por pasadas acciones de Estados Unidos. Reconociendo en sus discursos desde el error de haber tratado con arrogancia a Europa hasta las responsabilidades derivadas de ser el único país en el mundo que ha utilizado armas nucleares, pasando por el flaco servicio de ignorar a los vecinos al sur del Río Grande.
La cuestión de las torturas autorizadas a la CIA tras el 11-S también forma parte de ese lastre que la Administración Obama ha intentado soltar con ayuda de luz pública. Pero sus planes para avergonzar pero no perseguir a los responsables de esas acciones se han convertido en la primera gran encerrona a su gobierno. Mientras los republicanos le acusan de «caza de brujas» partidista, no faltan miembros de su partido exigiendo algo más serio que la simple publicación de documentos secretos.
Este fuego cruzado procedente de la colina del Capitolio sirve también para ilustrar la cuestión clave de que el Congreso de Estados Unidos no va a conceder y aprobar todo lo que la Administración Obama quiere. Según se han quejado altos cargos de la Casa Blanca al pasar revista a estos primeros cien días, los mayores momentos de frustración acumulados hasta la fecha han estado siempre relacionados con el Legislativo federal.
Batallas legislativas
La lista de batallas épicas pendientes en el Congreso incluye desde la ambiciosa y costosa iniciativa de energías alternativas a la reforma sanitaria, pasando por las nuevas prioridades presupuestarias para el Departamento de Defensa, y la misma formulación de la diplomacia de Estados Unidos. Como ha explicado en las páginas del «Washington Post» Stephen Sestanovich, profesor de Columbia University, «el mayor reto en política exterior de Obama no es Rusia, Irán o Corea del Norte, es el propio Congreso».
Con todo, lo más relevante para los estadounidenses de estos primeros cien días es la forma en que el nuevo presidente ha encarado la peor crisis económica desde los años treinta. Obama ha asumido que el gobierno federal y el gasto público no son el problema sino parte fundamental de la solución para la mayor economía del mundo, en recesión desde diciembre del año 2007. Esa estrategia de intervención ha quedado plasmada en un plan de estímulo económico por valor de 787.000 millones de dólares y unos primeros presupuestos federales por valor de 3,5 billones de dólares.
Todos estos esfuerzos masivos en el frente económico han sido rechazados por la oposición del Partido Republicano, y vienen acompañados de grandes cuestiones sobre su efectividad y sostenibilidad. Además de dudas sobre si durante estos cien días se han introducido más cambios políticos de los que un gobierno puede llevar a buen término de forma competente. Cuestiones que dan cierta esperanza a los republicanos, con sueños cíclicos de que la historia se vuelva a repetir, como ocurrió en la era Clinton, y las próximas elecciones legislativas supongan para ellos una resurrección triunfal en el Congreso de Estados Unidos.
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