Los paisajes del alma de Vincent Van Gogh
AFP Una mujer contempla el cuadro «Huerto de olivos» (1889), que Van Gogh pintó en Saint-Remy (Francia)
Domingo, 26-04-09
Pocos pintores nos han legado un testimonio más personal e intenso de los paisajes que le han ido acompañando a lo largo de toda su vida como Van Gogh. Creció y se formó como artista en zonas de Brabante, rodeado de campos de avena, centeno, patatas, bosques de pinos, brezales... Amaba el campo y la naturaleza, era un apasionado senderista. «Allí todo habla un lenguaje inconfundible -escribe el pintor-, todo es sólido, todo se explica a sí mismo». Creía que «la experiencia y la observación de la naturaleza eran los verdaderos caminos para entender el arte». Y esa visión le persiguió hasta aquel 27 de julio de 1890, cuando se pegó un tiro en los campos de Auvers-sur-Oise, al norte de París. No podía imaginar un lugar mejor para morir. Cada sendero, cada jardín, cada campo, cada planta le recordaba su añorada Holanda.
Paleta diurna
Mientras el Museo Van Gogh de Ámsterdam se ilumina con los colores de la noche de este artista, el Kunstmuseum de Basilea hace lo propio con su paleta diurna. «Van Gogh: entre la tierra y el cielo» reúne hasta el 27 de septiembre 70 paisajes del maestro holandés.
La muestra arranca con los paisajes de Nuenen, pintados entre 1883 y 1885. Marrones y ocres dominan su paleta en esos años. Se intuye en estas obras una fuerte influencia de la pintura holandesa del XVII y, especialmente, de artistas como Ruisdael. Entre ellas, «El molino con agua», de la colección Carmen Thyssen. A partir de ahí, la exposición se centra exclusivamente en Francia (lamentablemente, se han eludido los paisajes de La Haya, Londres, Amberes, Bruselas, Etten, Ámsterdam...) El color entra en sus cuadros nada más poner un pie en 1886 en París. La luz tan especial de esta ciudad se cuela en sus óleos: pinta Le Moulin de la Galette, vistas del Sena, los puentes de Asni_res... Le entusiasmaban los paisajistas de la Escuela de Barbizon, como Millet, Rousseau, Daubigny. Y adoraba a Corot, cuyos paisajes consideraba sublimes.
Pero será en el sur de Francia, y concretamente la Provenza, donde estalla el color en sus cuadros. Es la parte más completa y espectacular de la exposición, aunque el montaje resulta demasiado monótono; adolece de ritmo. Primero, Arles: pinta Van Gogh sus parques, jardines, viñedos... Se exhiben destacadas obras como «Campos de trigo», llegado de Honolulu. Después, Saint-Remy, paisaje doloroso para él porque es internado en un psiquiátrico, desde donde pinta algunos emotivos paisajes que cuelgan en el Kunstmuseum de Basilea. Su pincel se ondula, se retuerce. Cuelgan juntas en la muestra dos obras maestras: «Los cipreses», del Metropolitan; y «Los olivos», del MOMA. La exposición concluye en Auvers-sur-Oise. Se muestran tres de los trece cuadros que pintó Van Gogh en sus últimos días con un formato muy apaisado.
Van Gogh creía que un pintor sólo puede ser feliz si vive en armonía con la Naturaleza: él lo intentó toda su vida. Su personal visión de la naturaleza le ha otorgado un lugar único en la pintura paisajística de todos los tiempos.

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