Actualizado Viernes, 24-04-09 a las 04:39
Embrujo de las Letras hispanas en la cuna de Miguel de Cervantes. Embrujo de la Literatura castellana que se escribe en Cataluña. Embrujo de Juan Marsé. En su mejor «aventis» —aquellas maravillosas historias que se contaban los niños de la posguerra, y que iban conformando su educación sentimental—, vestido con un elegantísimo chaqué, nervioso, —«escribir este discurso me ha costado más que una novela»—, confesaba minutos antes de darle lectura, surgió el genio elegante, acicalado, hablador, nada taciturno y burlón de Juan Marsé. El amante bilingüe de las tabernas, de las papelerías de barrio y de los flancos luminosos de los quioscos que exhiben tebeos y novelas baratas de aventuras, a quien las banderas le producen auténtico terror, que come ensaladas y escribe a mano, con la voz temblorosa al principio, pero firme al final, enhebró un discurso prodigiosamente cervantino. Lanza en astillero arremetió contra los molinos de viento de la «literatura del ombligo» (nuevo género a borrar junto al que ya delatara tiempo ha: la «prosa sonajero»); elevó su adarga en defensa de una «memoria compartida, que no debería arrogarse nadie, una memoria que fue durante años sojuzgada, esquilmada y manipulada»; y con valentía denunció que «más de la mitad de lo que hoy entendemos por cultura popular proviene y se nutre de lo que no merece ser visto ni oído en televisión. En la lengua que sea».
A Juan Marsé, premio Cervantes, creíble, cercano, veraz, le escuchaban Reyes y Zapateros (el presidente del Gobierno y el rector de la Universidad alcalaína), nobles y plebeyos, políticos y académicos, autoridades estatales, locales académicas, y amigos que están y otros que se quedaron en el camino, a los que debe «el alto honor que hoy se me concede».
«Prefiero esto que el cole»
De manera muy especial mencionó a Carmen Balcells, su agente literaria de toda la vida, de ésta y la de más allá, sobre todo desde el día que Marsé tomó prestada una ocurrencia de Groucho Marx y le dijo: «Querida Carmen, me has dado tantas alegrías, que tengo ordenado, para cuando me muera, que me incineren y te entreguen el diez por ciento de mis cenizas».
Y le escuchaban su esposa, Joaquina; sus hijos Berta y Alejandro, y sus tres nietos: Guille, Jan y Nadia, que como rabos de lagartija revoloteaban exultantes en el día más feliz de su abuelo, a quien no perdían de vista. «Prefiero estar aquí que en el cole», comentaba Nadia.
Duelos y quebrantos quijotescos menudearon por la cervantina prédica de Marsé, que tocó todos los palos del Ingenioso Hidalgo. Así, recordó el donoso escrutinio —purga preventiva por razones de seguridad— que hubo en su casa, según le contó su madre, y que efectuó su padre, que había estado preso por rojo separatista y republicano. En casa de sus padres, en la postguerra, apenas había una docena de libros. Luego quedaron solo dos. Los demás habían sido sacrificados en una hoguera nocturna. Marsé recuerda los libros abriéndose al calor como flores rojas, las páginas desprendidas arrugándose y bailando sobre la cresta de las llamas, revoloteando un instante como grandes mariposas negras. Recuerda la constelación de chispas y pavesas subiendo hacia la noche estrellada, la ceniza fugaz de las palabras y de las ilustraciones, sobre todo porque acabó cogiendo «un gran berrinche» al ver allí de pronto, devorado por el fuego, su primer ejemplar de las hazañas del piloto Bill Barnes, el «Aventurero del Aire», una novelita de quiosco de 60.
«Soy un catalán que escribe en lengua castellana. Yo nunca vi en ello nada anormal», subrayó Marsé, que puesto a elegir hubiera preferido ser Ramón Llull, Miguel de Cervantes o Joseph Conrad. Y de «terca y persistente realidad» calificó la dualidad cultural y lingüística de Cataluña, que «tanto preocupa y que en mi opinión nos enriquece a todos». Woody Allen dijo en una de sus buenas películas: «El realismo es el único lugar donde puedes adquirir un buen bistec». Pero una excesiva dosis de realidad puede resultar indigesta, observó Marsé, «incluso para un adicto a la realidad y al bistec como Sancho y como yo».Porque un escritor no es nada sin memoria: «Incluso la memoria trapacera puede hacer buena literatura», concluyó.
La ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde, pronunció un discurso muy personal, distinto a los de sus antecesores en el cargo: «Celebramos que fuiste tú, Juan, quien escribió, por boca de Paco en “La oscura historia de la prima Montse”: “La memoria lo es todo para mí. Tanto recuerdas tanto vales”. Vemos en este Cervantes un acto de justicia».
Palabras de Don Juan Carlos
Don Juan Carlos clausuró al acto afirmando que «este galardón celebra la excelencia de autores que iluminan y potencia el alcance universal de la cultura en español; que contribuyen a multiplicar en el presente la rica herencia de cuantos usan nuestro hermoso idioma común. A mí me gusta imaginar a don Juan Marsé en la calle, donde tras conversar con la gente en una parada, subirá al autobús para completar su trayecto». Autenticidad es el concepto clave en la obra de Marsé: «Consistencia, brío y rigor de quien, enamorado del arte de narrar, trabaja el idioma para lograr la perfección del orfebre», describió el Rey.
Don Juan Carlos clausuró al acto afirmando que «este galardón celebra la excelencia de autores que iluminan y potencia el alcance universal de la cultura en español; que contribuyen a multiplicar en el presente la rica herencia de cuantos usan nuestro hermoso idioma común. A mí me gusta imaginar a don Juan Marsé en la calle, donde tras conversar con la gente en una parada, subirá al autobús para completar su trayecto». Autenticidad es el concepto clave en la obra de Marsé: «Consistencia, brío y rigor de quien, enamorado del arte de narrar, trabaja el idioma para lograr la perfección del orfebre», describió el Rey.





