Actualizado Viernes, 24-04-09 a las 18:42
Podía haber sido un "escritor obrero", o podía haber llegado a la trinchera noble de las letras aportando una narrativa de denuncia, un testimonio objetivo de primera mano de los afanes y las virtudes intrínsecas de la clase obrera. Fueron dos halagadoras posibilidades que la fábula de un joven charnego del Monte Carmelo, desarraigado y sin trabajo, soñador y sin medios de fortuna, pero también sin conciencia de clase, se encargaría de desbaratar. Podía haber entregado la gran novela sobre la clase obrera de la Barcelona de la postguerra, pero lo que él entonces deseaba era abandonar el trabajo manual de aprendiz de orfebre y disponer de más tiempo libre para leer y escribir.

Podía haber sido un intelectual, pero él se considera solamente un narrador. Los planteamientos peliagudos, la teoría asomando su hocico impertinente en medio de la fabulación, el relato mirándose el ombligo, la llamada metaliteratura son vías abiertas a un tipo de especulación que a Juan Marsé le deja frío y le inhibe: "Bastante trabajo me da mantener en pie a los personajes, hacerlos creíbles, cercanos, veraces".
Juan Marsé ha embrujado Alcalá de Henares, la cuna de Miguel de Cervantes, con un discurso creíble, cercano, veraz sobre su formación como ciudadano y como escritor. Le escuchaban Reyes (Don Juan Carlos protagonizó la anécdota tierna de la mañana cuando quiso comenzar su discurso después del de Marsé -el turno correspondía a la ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde-, y al darse cuenta y pedir perdón con un "¡uyyyyyyy!" sentenció: ¡"Se ve que ya...!") y Zapateros (los apellidos del presidente del Gobierno y el rector de la Universidad alcalaína), nobles y plebeyos, políticos y académicos, autoridades estatales, locales y académicos, y amigos que están y que no están, a los que recordó emocionado el autor de "Si te dicen que caí" al principio de sus palabras: "Amigos que hace mucho tiempo, cincuenta años atrás, cuando empecé a publicar, me otorgaron su confianza y su apoyo. Algunas de estas personas están entre nosotros, otras se fueron ya. A todas ellas debo buena parte del alto honor que hoy se me concede. Son, en primer lugar, Paulina Crusat, desde su amada Sevilla y su generosa tutela, y desde Barcelona Carlos Barra1 y Víctor Seix, que en mil novecientos cincuenta y nueve me acogieron en su editorial, al frente de un irrepetible comité de lectura. Aquel comité estaba compuesto por Joan Petit, Jaime Gil de Biedma, Jaime Salinas, Gabriel y Juan Ferrater, Luis y José Agustín Goytisolo, José M" Valverde, Josep Mª. Castellet, Miquel Barceló, Rosa Regas y Salvador Clotas. Y no quiero olvidarme de los escritores amigos de Madrid, que por aquellos años nos visitaban a menudo, mis entrañables Juan García Hortelano, Ángel González y Pepe Caballero Bonald, y Gabriel Celaya y Juan Benet. Y de manera muy especial deseo mencionar a Carmen Balcells, mi agente literaria de toda la vida, de ésta y la de más allá, sobre todo desde el día que tomé prestada una ocurrencia de Groucho Marx y le dije: Querida Carmen, me has dado tantas alegrías, que tengo ordenado, para cuando me muera, que me incineren y te entreguen el diez por ciento de mis cenizas".
En su mejor "aventis" -aquellas maravillosas historias que se contaban los niños de la posguerra, y que iban conformando su educación sentimental-, vestido con un elegantísimo chaqué, nervioso, -"escribir este discurso me ha costado más que unanovela"-, confesó minutos antes de darle lectura, el genio elegante, acicalado, poco hablador, taciturno y burlón, amante bilingüe de las tabernas y de las papelerías de barrio y de los flancos luminosos de los quioscos que exhiben tebeos y novelas baratas de aventuras, a quien las banderas le producen auténtico terror, que come ensaladas y escribe a mano, dispuesto a dimitir de todo en un país en el que nadie dimite de nada, y al que no hay nada que le aburra tanto como hablar de sí mismo, enhebró un discurso prodigioso en el que clasificó dentro de un género: lector de ficciones, amante incondicional de la fabulación. Tan adicto es a la ficción que a veces piensa que solamente la parte inventada, la dimensión de lo irreal o imaginado en nuestra obra, será capaz de mantener su estructura, de preservar alguna belleza a través del tiempo.
El berrinche del donoso escrutinioRabos de lagartija quijotescos merodearon por el discurso cervantino de Marsé. Como el donoso escrutinio -purga preventiva por razones de seguridad- que hubo en su casa, según le contó su madre. La purga la efectuó el padre de Marsé, que había estado preso por rojo separatista y republicano. En casa de sus padres, en la postguerra, apenas había una docena de libros. Luego quedaron solo dos. Uno de ellos era de Apel-les Mestres, con hermosas ilustraciones de hadas y ondinas; el otro era un viejo volumen que recogía la historia del pueblo de la madre de Marsé, "Notes Històriques de la Parroquia i Vila de l'Arboç, aplegades i comentades per Mossèn Gaietà Viaplana, rector de l'Arboç". Pasó con ellos muchas noches entretenidos. Los demás libros habían sido sacrificados en una hoguera nocturna, en el jardín de una convecina, junto con un montón de revistas gráficas, agendas y carnets, fotografías, cartas y documentos diversos cuya posesión, por aquellos días, debía resultar comprometedora. Todos los vecinos acudieron y llevaban algo que debía ser quemado.
Era poco después de acabada la guerra, Marsé debía de tener siete años, pero recuerda muy bien la fogata en medio del pequeño y sombrío jardín, los libros abriéndose al calor como flores rojas, las páginas desprendidas arrugándose y bailando sobre la cresta de las llamas, revoloteando un instante como grandes mariposas negras. Recuerda la constelación de chispas y pavesas subiendo hacia la noche estrellada, la ceniza fugaz de las palabras y de las ilustraciones, sobre todo porque acabó cogiendo "un gran berrinche" al ver allí de pronto, devorado por el fuego, su primer ejemplar de las hazañas del piloto Bill Barnes, el "Aventurero del Aire", una novelita de quiosco de 60 céntimos, de la colección Hombres Audaces: "Mi padre la había cogido por descuido junto con otros libros. Entre los que quedaron en la pequeña librería casera, salvados porque eran en lengua castellana, y que pude leer a su debido tiempo, recuerdo cuatro o cinco títulos: El libro de la selva, Genoveva de Brabante, Tarzán de los monos, Humillados y ofendidos y La historia de San Michele".

La terca y persistente realidadSin instalarse en ninguna identidad cultural para no dar lecciones a nadie, ni pretender una excesiva defensa del realismo, quizás, sugirió Marsé, que no estaría de más tener en cuenta lo que dijo Woody Allen en una de sus buenas películas: "El realismo es el único lugar donde puedes adquirir un buen bistec". Y desde esa realidad, Marsé nuncan vio nada "anormal" en el hecho de ser "un catalán que escribe en lengua castellana. Mis apellidos, de no mediar el azar, podían haber sido diferentes, y mi vida también". Y puestos a elegir, Marsé confesó que hubiese preferido ser Ramón Llull o Miguel de Cervantes, por ejemplo, o Joseph Conrad: "Nunca he querido representar a nadie más que a mí mismo". Como de "terca y persistente realidad" calificó la dualidad cultural y lingüística de Cataluña, que "tanto preocupa y que en mi opinión nos enriquece a todos". Juan Marsé vive esa "terca y persistente realidad" desde que tiene uso de razón; en la calle y en su propia casa, con la familia y los amigos, y la sigue viviendo: "Puede que comporte efectivamente un equívoco, un cierto desgarro cultural, pero es una terca y persistente realidad". El realismo, para Marsé, además de una sensata manera de ver las cosas, es una corriente literaria "muy nuestra, y que aún goza de un sólido prestigio, pese a los embates de la caprichosa modistería". Pero una excesiva dosis de realidad puede resultar indigesta, observó Marsé, "incluso para un adicto a la realidad y al bistec como Sancho y como yo". Y extrae aquí una de las grandes enseñanzas de Don Quijote desde su primera salida al campo de Montiel, o desde la primera de sus famosas hazañas: "Él es el guardián del laberinto, el valedor de lo más noble, bello y justo que alienta en el corazón humano, el que vela por el espíritu, la vigencia y el esplendor de los sueños".
El oficio de escritorCon respecto al trabajo, Juan Marsé mantiene unos pocos principios que podrían resumirse en dos: procura tener una buena historia que contar, y procura contarla bien, es decir esmerándote en el lenguaje "porque será el buen uso de la lengua, no solamente la singularidad, la bondad o la oportunidad del tema, lo que va a preservar la obra del moho del tiempo". Pero siempre le reconforta recordar algo que dejó dicho el gran poeta y controvertido ciudadano Ezra Pound: "El esmero en el trabajo, el cuidado de las lengua, es la única convicción moral del escritor". Lo suscribe, pero con la mayor cautela. Porque piensa que muchas cosas que se dicen o escriben, en el idioma que sea y por muy auténtico que éste se presuma, deberían "a menudo merecer más atención y consideración que la misma lengua en la que se expresan".
Lanzas contra la televisiónMarsé se abalanzó con adarga antigua y lanza en astillero sobre la televisión: "Actualmente los medios de comunicación son tan abrumadores y omnipresentes, se siente uno tan asediado las 24 horas del día por una información tan apremiante, insidiosa y reiterativa, que casi no hay tiempo para la reflexión. La televisión debería contribuir a reconocer y asumir la variedad lingüística del país, y es de suponer que en cierta medida lo hace, pero no parece que nadie se pare a pensar en los contenidos de esa televisión ni en su nefasta influencia cultural y educativa. A riesgo de equivocarme, soy del parecer que más de la mitad de lo que hoy entendemos por cultura popular proviene y se nutre de lo que no merece ser visto ni oído en la televisión. En la lengua que sea".
El cine y sus fantasmasCuando aún leía tebeos y novelas de Edgar Wallace y Karl May, el orfebre aprendiz de escritor ya era muy peliculero. Lo propició el hecho de que, durante cuatro años, entrara sin pagar en los cines de programa doble del barrio gracias a que su padre, por su trabajo en el Servicio Municipal de Higiene, Desinfección y Desratización de locales públicos, conocía a muchos porteros y acomodadores. "Estoy por decir que gracias a las ratas de la Barcelona gris, penitente y mísera de los años cuarenta, el cine propició y redobló mi natural tendencia a la hipnosis ante cualquier género de fabulación". Con el tiempo pudo celebrar Marsé las películas de John Ford, de Rossellini o de Mizoguchi, por ejemplo, con la misma o parecida intensidad que muchas novelas. "Cuando uno era todavía un mozalbete presumido, ir al cine era algo que formaba parte de la cultura popular, un rito semanal en el que participaba toda la familia, toda la comunidad. Descodificar el drama, la comedia o la aventura en las fotografías expuestas en el panel de la entrada de los cines, descifrar una sonrisa, un gesto, una mirada de los protagonistas, apartar luego las cortinas y penetrar en la oscuridad rasgada por una plata luminosa, era tan emocionante como adentrarse en la trama de una buena novela o memorizar un poema". La novela asumió la impronta decidiamente visual de la narrativa.
Y la memoriaConcluyó su embrujo cervantino Marsé en Alcalá glosando la memoria. Porque la obra de Cervantes ofrece una lección imborrable: las cosas no siempre son lo que parecen y la desmemoria: "En aquellos años de incienso y plomo bajo el palio de la luz crepuscular, aquel tiempo en el que no solamente la prensa y la radio, el Boletín Oficial del Estado y la Hoja Dominical mentían sobre lo que nos estaba ocurriendo, sino que hasta los espejos mentían. Y fue entonces, todavía en años de aprendizaje de quién les habla, cuando la imaginación echó una mirada sobre aquel expolio de la memoria, y le tendió la mano. Era una labor complementaria, en todo caso, porque imaginación y memoria, para el escritor, son dos palabras que van siempre entrelazadas, y a menudo resulta difícil separarlas. Ciertamente un escritor no es nada sin imaginación, pero tampoco sin memoria, sea ésta personal o colectiva, esté proyectada en la novela histórica de fecha más remota, o en la literatura de ficción científica más futurista y fantástica. No hay literatura sin memoria. Incluso la memoria trapacera puede hacer buena literatura".

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