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Actualizado Miércoles, 22-04-09 a las 18:36
Queda ya muy lejano aquel 1984, cuando un joven Juan Muñoz realizaba su primera exposición individual en la galería Fernando Vijande de Madrid. Diecisiete años le sobraron y bastaron para desarrollar una sólida y coherente carrera. Como le suele ocurrir a todos los mitos (y Juan Muñoz lleva camino de serlo), su vida se apagó cuando más brillaba. Pero, como también ocurre en estos casos, su luz no ha dejado de resplandecer desde entonces. Incomprensiblemente, apenas se ha visto su trabajo en su ciudad natal, salvo excepciones en el Palacio de Velázquez, La Casa Encendida...
Juan no fue profeta en su tierra (seguro que ni lo pretendía), pero hoy se sentiría muy satisfecho (aseguran quienes mejor le conocían) de la gran retrospectiva que puede verse en el Reina Sofía, inmejorable epílogo de una itinerancia por la Tate Modern de Londres, el Museo Serralves de Oporto y el Guggenheim de Bilbao. Quienes hemos tenido la oportunidad de verla en algunas de estas sedes (salvo la parada portuguesa) coincidimos en que ésta es, sin duda, la mejor. Aparte de ser la más completa (se han reunido casi un centenar de piezas, algunas inéditas), el montaje es el más fiel a la teatralidad que empapa todo el trabajo de Juan Muñoz. Así lo constata Cristina Iglesias, compañera vital y profesional del escultor.
Lynne Cooke, comisaria de la muestra en Madrid, y Manuel Borja-Villel, director del CARS -gracias a su empeño se subsanó el tremendo error de rechazar esta muestra para el Reina Sofía- han logrado captar el carácter lúdico, teatral, mágico y poético de este artista, que ejerce como maestro de ceremonias de excepción en este maravilloso circo de tres pistas.
Un circo de tres pistas
En la pista número uno, muy cerca de la escultura perdida y clonada por su amigo Richard Serra -obra cumbre de la desaparición; nada por aquí, nada por allá- dos figuras colgadas del techo por la boca se balancean al final de un pasillo de la planta baja. Nos evocan a Degas y su célebre trapecista. En la pista número dos, unos enanos (y aquí aparece Velázquez) se miran en el espejo o juegan al billar o hacen de apuntador en un improvisado teatro, mientras unas pequeñas bailarinas se balancean y unos ventrílocuos miran absortos unos dibujos. En la pista número tres, cien chinos cien sonríen al respetable... «many times».
La visita es un juego continuo. Nada es lo que parece. Hay que estar muy atento: puede aparecer una obra de Juan Muñoz en cualquier esquina del Reina Sofía. Las hay en el jardín (advertimos entre frondosos castaños más chinos sonriendo sentados en unas escaleras) y en la sala de protocolo (para ver de cerca unos dibujos hay que subir una escalera de caracol que parece hecha por el mismísimo Juan Muñoz); las hay en los pasillos (un precioso trenecito que hizo a su hijo Diego con una caja de zapatos va y viene por unos railes) y en la espléndida terraza de la tercera planta (sorprendemos a 21 figuras, de resina y arpillera, en plena conversación). Ya en las salas de exposiciones continúa la galería de curiosos personajes juanmuñozescos que recuerdan el teatro de máscaras de Pirandello: personillas diminutas que parlotean tartamudos, figuras que pegan la oreja a la pared para escuchar lo que hay al otro lado o bien se miran al espejo (siempre Borges) o bien tocan el tambor, mientras un árabe reza en una esquina...
Familiares y amigos acompañaron ayer en este emotivo reencuentro del artista con Madrid a Cristina Iglesias: sus hijos, su hermano Alberto, reconocido compositor; su actual pareja, el coleccionista Plácido Arango (ha cedido para la muestra «Loaded Car»); galeristas (Marian Goodman, Pepe Cobo); directores de museos (Vicente Todolí, Miguel Zugaza), políticos (Miguel Ángel Cortés, Carmen Alborch) y la ubicua ministra de Cultura, que nos sigue mostrando su inacabable fondo de armario. Un museo de arte contemporáneo requería una chaqueta desestructurada. Entre piropos a Zugaza y a Borja-Villel (a su gestión, claro), Ángeles González-Sinde reconocía a la prensa que Juan Muñoz no es un artista que conozca en profundidad, pero calificó la exposición de «inolvidable». Decía Juan Muñoz: «Me gustaría que quien acude a una exposición se comportara como un actor». Ni la ministra hubiera escrito mejor guión.
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