Martes, 21-04-09
COMO era de esperar, la Cumbre de las Américas que acaba de celebrarse en Puerto España parece marcar un cambio de ritmo en las relaciones continentales. La presencia del nuevo presidente norteamericano ha surtido el mismo efecto abrumador que en todos los foros internacionales donde ha participado hasta ahora, aunque con las características particulares de las relaciones históricas entre Estados Unidos y los demás países americanos. El discurso de Obama ha sido una expresión candorosa de buena voluntad, inédito hasta ahora en este contexto, aunque similar al que ha dirigido a todos los frentes abiertos de la democracia norteamericana. Tanta imagen de familiaridad con dirigentes que hasta apenas unas horas antes basaban todos sus discursos en los improperios contra Washington, tenía que suscitar forzosamente algún interrogante, porque ponerse al mismo nivel -ya sea simbólicamente- que aquellos que pretenden acabar con la democracia y las libertades en sus países, no les hace a ellos mejores ni más presentables, sino más bien todo lo contrario. No hay más que ver la lectura que ha hecho el caudillo Hugo Chávez de lo que él considera «una victoria histórica y sin precedentes» de sus posiciones, para darse cuenta de cómo se interpretan los gestos apaciguadores de la Casa Blanca.
Ha sido muy revelador que el centro de la discusión se haya escenificado en torno al conocido manual «Las venas abiertas de América Latina», que con toda justicia permanecía semiolvidado en los almacenes editoriales. Las tesis de Eduardo Galeano pertenecen a otra época y, en todo caso, a una época cuya extinción estaría claramente representada por la elección de Barack Obama en lo que respecta a Estados Unidos, mientras que, por lo que se ve en el discurso de Chávez y sus satélites, los populistas iberoamericanos siguen empeñados en retroceder hacia el pasado.
Pero si en algo puede ser útil esa reflexión es en hacer pensar a los dirigentes iberoamericanos que no pueden seguir culpando eternamente a Estados Unidos de problemas de los que son responsables, ni seguir basando su discurso en el antinorteamericanismo. Y en este caso, la posición de Obama ha sido impecable, cuando ha dicho que después de los discursos deben venir los hechos, especialmente en el caso de Cuba; es decir, gestos concretos de apertura democrática, liberación de presos políticos y libertad de expresión para sus ciudadanos.

