Lo constatan los trabajadores sociales de la Fundación para el Beneficio de las víctimas del Holocausto: hay supervivientes que han empezado a acumular alimentos en sus casas atemorizados por la crisis económica que comienza a sacudir Israel. Es el regreso del fantasma del hambre que padecieron durante la persecución nazi. «Un sentimiento de inestabilidad se ha infiltrado en sus vidas -explica el director de la Fundación, Guy Hafari- y por su experiencia, el pensamiento que pasa por sus cabezas es que la falta de comida significa muerte, igual que el sonido de una sirena les traslada a los tiempos más terribles».
Cuando hoy se celebra el Día Internacional en recuerdo del genocidio judío, numerosos colectivos consagrados a auxiliar a las gentes que escaparon de los campos de concentración -230.000 en todo el país, dos tercios de ellos mayores de 75 años y 60.000 en situación de pobreza- han dado la voz de alerta sobre el colapso de su sistema asistencial. Las donaciones han desaparecido prácticamente. La ayuda que hijos y nietos prestaban se ha venido abajo con el desempleo galopante y, por consiguiente, cada vez son más los supervivientes que engrosan las listas de espera para conseguir en estas asociaciones una enfermera de apoyo, un tratamiento médico o un plato de comida. El volumen de peticiones en este sentido se incrementó un 46 % el pasado año.
Desde Meir Panim, la mayor red de las llamadas «cocinas de sopa» de Israel -comedores de caridad, que tienen a víctimas del Holocausto entre sus usuarios habituales- la descripción del panorama es dramática. A finales de 2007, relata su fundador Dudi Zilberchlag, las contribuciones económicas, procedentes en su mayoría de acaudalados judíos de dentro y fuera de Israel, empezaron a bajar. Con la bancarrota en septiembre de 2008 de Lehman Brothers, cuarto banco de inversiones norteamericano, los donativos, simplemente se secaron. En los últimos doce meses, Meir Panim ha cerrado 5 de sus 17 comedores, y su presupuesto ha bajado un 30 %.
«Ni medicinas»
«Ya ni recuerdo cuándo fue la última vez que compré ropa interior y una camisa», señala Otto Goldman, un superviviente y vecino de Beer Sheba, que lamenta que su hermana disfruta en Hungría de sanidad y medicamentos gratuitos que no ofrece Israel.
«Este Estado fue establecido gracias al dinero de los supervivientes, y hoy yo no tengo derecho ni a las medicinas que necesito», protesta. Y es que el hundimiento de red asistencial -dependiente también de ayudas de la Agencia Judía o del Fondo Nacional Judío, que igualmente están sufriendo la crisis- está haciendo más esencial que nunca el auxilio activo del Gobierno. El primer ministro, Benjamin Netantyahu -recordado todavía con su desconfianza por su recortes en gasto social durante su etapa como ministro de Finanzas entre 2003 y 2005- aprobaba ayer un paquete de 30 millones de shekels (5,6 millones de euros) para las víctimas del Holocausto.

