Domingo, 19-04-09
EL futuro de la enseñanza universitaria es una cuestión fundamental en la actual sociedad del conocimiento y debe ser objeto de un debate a fondo. En efecto, la aplicación del proceso de Bolonia es una condición necesaria, pero no suficiente, para que la Universidad española se adapte a las necesidades reales de una economía abierta y dinámica. Carece de sentido la oposición radical y violenta, aunque muy minoritaria, que identifica las nuevas fórmulas con un supuesto triunfo del capitalismo neoliberal y con la «privatización» de las universidades públicas al servicio de las grandes empresas. Bolonia significa carreras más cortas -con alguna excepción- y mejor adaptadas a las exigencias actuales del mercado de trabajo, así como métodos de enseñanza más participativos y personalizados. En teoría, son objetivos razonables que pueden aportar aires nuevos a una institución estancada. Ángel Gabilondo, buen conocedor de las estructuras universitarias, tiene ante sí el reto de explicar con claridad las virtudes del proceso, sin ocultar sus defectos, buscando también un grado razonable de flexibilidad a la hora de su puesta en marcha. Sería lamentable que algunos grupos de influencia académica instalados en los órganos de dirección de ciertas universidades guiaran el rumbo de la reforma en su propio beneficio al amparo del viejo recurso que consiste en cambiarlo todo para que nada cambie. Si es así se perderá una vez más la oportunidad de organizar un modelo coherente de enseñanza que ofrezca oportunidades a los mejores y compense el sacrificio de muchas familias para ofrecer a los jóvenes una formación sólida y eficiente.
Sin embargo, Bolonia no es el bálsamo que cura todos los males. En la práctica, su implantación puede agravar algunas tendencias actuales muy negativas. Desde el punto de vista del profesorado, nuestra universidad ha dejado de producir grandes maestros, salvo valiosas excepciones, porque los docentes están atrapados por una red burocrática que casi no les deja tiempo para investigar y enseñar. De hecho, las «escuelas» dentro de cada disciplina responden más a influencias para promocionar a sus miembros que a verdaderos proyectos científicos. La parcelación de asignaturas, algunas de notable arraigo académico, conduce a una lucha de intereses particulares en la que cada cual pretende hacerse fuerte en su ámbito específico. Desde la perspectiva de los alumnos, la formación universitaria es a día de hoy una fórmula más o menos eficaz para paliar las carencias -a veces alarmantes- de una enseñanza media que apenas proporciona los conocimientos elementales. Con el refuerzo de las clases prácticas y la multiplicación de especialidades, ni siquiera podrán remediar estos defectos de base que les impiden aprovechar cualquier oportunidad seria de aprendizaje en un nivel superior. Ningún método de trabajo puede ofrecer milagros a corto plazo cuando fallan los fundamentos que sustentan el sistema educativo. Es acertado dirigir la mirada hacia las mejores universidades del mundo, pero la retórica vacía de contenido no es suficiente si falta la voluntad para eliminar el localismo, el oportunismo e incluso el interés partidista.

